PoliAquí en Colombia, los psicópatas han hecho tropas de psicópatas, no se han vengado, como los gringos, sino que se han asociado para sacarle partido a esta violencia

Pero es que a quién más puede ocurrírsele hacer ese chiste en Colombia. Sólo a este insensato mecánico de 24 años, que mejor no sepamos su nombre, disfrazado del psicópata chorreado de sangre de La masacre de Texas en la fiesta de Halloween de El Cerrito, Valle. Se va, henchido de sí mismo, al parque principal: 24 grados centígrados a las 8:50 p.m. Cruza la calle en reparación, llena de tierra, bajo una maraña de cables de luz. Avanza en dirección a la estatua del omnipresente e ignorado Simón Bolívar entre las palmas altísimas pintadas de blanco. Enciende su motosierra de mentira cubierta de costras de quién sabe qué para ser un poquito más verosímil: “jejeje…”. Persigue a los niños y a las madres, “¡Virgen santa!”, “¡hijo de puta!”, pero luego no entiende por qué el pánico; por qué el linchamiento del que se salva por poco; por qué el regaño, de cura enardecido, de la policía del municipio.

Porque aquí en Colombia, respetado mecánico, los psicópatas han hecho tropas de psicópatas, no se han vengado, como los gringos, de infancias matoneadas por el sueño americano, sino que se han asociado para sacarle partido a esta violencia, y han cercado al país en nombre de la patria y con la pobre de excusa de cumplirle a Bolívar el sueño que a todos los locos les ha dado ahora por cumplirle. Acá no dan tanta risa las motosierras ni su rugido filoso, pues –como dice un señor en la plaza– “se asocian con las masacres de los paramilitares”. Se ha estado hablando mucho de las víctimas, si usted se fija, porque hay un proceso de paz en suspenso, porque se están cumpliendo treinta años del holocausto en el Palacio de Justicia. Y era un chiste nomás, sí, un disfraz. Pero la gente contempla la posibilidad de ser masacrada cuando hay guerra.

En las calles de El Cerrito, recorridas por 55.000 cerriteños, más o menos, ha habido este año además una pequeña guerra entre sicarios de bandas criminales: y la peor entre las peores, “la 13”, fue desarticulada hace apenas unas semanas. Se eligió un alcalde liberal por si las moscas. Y los viejos de siempre, que suelen referirse a su lugar en el mapamundi como el sitio verde en el que no sólo se enamoró sino que está sepultada la heroína de la novela románticaMaría (a veces recuerdo esta frase del libro: “una ternura capaz de desarmar a la muerte misma”), siguen contándoles a los hijos la masacre del domingo 29 de mayo de 1960: según el periódico del siguiente martes, martes 31, diez campesinos conservadores fueron ejecutados por veinte uniformados liberales en una fonda llamada “Los Cuchos”.

Leo aquel artículo 55 años después, en un avergonzado periódico liberal, como si sucediera ahora: “un individuo enmascarado señalaba a las personas para que fueran asesinadas…”; “después de torturar a los agricultores les hicieron varias descargas con armas de fuego…”, “luego los remataron con el conocido ‘corte de franela’…”.

Quién sabe dónde estará usted, perseguido mecánico, mejor que no se sepa. Quién sabe si ahora, en su colombianísimo destierro, extraña los paisajes de orquídeas frente a la cordillera, los viacrucis estremecedores de Semana Santa, los sancochos de gallina, los amigos de El Cerrito. Seguro que ha encontrado, como nos toca a todos, su refugio, su familia. Debe ir por ahí de tienda en tienda, disfrazado de usted mismo, viendo en los noticieros de televisión esos titulares histéricos que son su propia parodia. Ya podrá volver. Ya sabrá cuándo hacer un chiste pesado, y la gente, despojada de esta solemnidad de guerra y de calvario, también tendrá claro que sobra linchar al mal bromista. Créame: si algo ha habido aquí en Colombia, pues no ha habido otra salida, es un humor capaz de desarmar a la muerte misma.

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