Entre la confusión y la incertidumbre, los irlandeses de uno y otro lado de la frontera aguantan la respiración y esperan que no vuelva la violencia.

Probablemente es una broma que el encargado de la oficina de alquiler de coches en Dublín ha repetido miles de veces, pero ahora suena especialmente desafortunada. Cuando le preguntan si hay algún problema para cruzar a la provincia británica de Irlanda del Norte, responde con una sonrisa de satisfacción: «Claro que no, es un coche a prueba de balas». Los terribles años de plomo y sangre eran un recuerdo difuso y la espinosa frontera entre la República de Irlanda y el Ulster había desaparecido hasta que la llegada del Brexit está volviendo a reabrir las heridas.

Si se cumplen las previsiones, la salida del Reino Unido de la UE el 1 de noviembre coincidirá con el juicio contra «el soldado F», un antiguo paracaidista británico que debe tener cerca de 80 años al que se va a procesar a partir de septiembre por los hechos del «Domingo Sangriento» (30 de enero de 1972), en el que murieron 14 personas y que aún marca una cicatriz en el paisaje de la ciudad de Derry (para los católicos) o Londonderry (para los protestantes unionistas). Todavía hay más de 3.000 hechos de armas y atentados de todo tipo que no han llegado a ser aclarados y esta ruptura llega antes de que unos y otros hayan llegado a pasar página.

Monumento arrasado

El memorial dedicado a dos miembros del IRA liquidados en una emboscada del Ejército británico, uno de los monumentos más emblemáticos para los católicos, situado en el lado irlandés, ha sido destruido esta semana con una excavadora. En el Castelldawson, dos ancianos dicen haber sido atacados a pedradas por católicos, por lo que los diarios unionistas claman «que se ponga fin a esta limpieza étnica».

Si hay un lugar donde las cosas habían cambiado radicalmente con la llegada de la paz y de los acuerdos de Viernes Santo de 1988 es el pequeño pueblo de Culloville o Cullaville, según de qué lado de la frontera se mire. En el lado irlandés vive Kevin Jones, cuya familia tenía una tienda justo al lado del puente que marca la división con el Reino Unido. Desde la llegada del euro a Irlanda la tuvieron que cerrar, porque todo el mundo prefiere comprar en el lado británico, y más ahora que la libra está en caída libre. Se reconvirtió en profesor y ha trabajado indistintamente en los dos lados. Ahora, aunque tiene un empleo en Irlanda, el camino más corto le supone entrar y salir dos veces cada trayecto de un país a otro. «Nadie sabe qué va a pasar con el Brexit. Por supuesto que no queremos que vuelvan los tiempos de los disturbios -«troubles» como definen a las décadas de terrorismo y represión militar-, pero ahora mismo soy incapaz de predecir nada, salvo que Irlanda no podría sobrevivir sin la Unión Europea».

Unos metros más al norte hablan la misma lengua, se consideran a sí mismos irlandeses y se estremecen al recordar los tiempos en los que había una guarnición militar británica en el pueblo, pero forman parte de otro país. En el pub el ambiente es bastante más tenso, porque para ellos ahora sería volver a sentirse aislados. En la barra, el camarero tiene una caja registradora con dos cajones, una para los euros y otra para las libras, libras irlandesas. El espíritu británico es tan disidente que no sólo no han querido nunca sumarse a la moneda única europea, sino que en realidad tienen varias libras, además de la inglesa, a pesar de que unos y otros recomiendan aceptar a regañadientes la denominada en esta provincia. Lo que no cambia es la perplejidad con la que contemplan la situación creada por el Brexit. «Le invito al café, pero no me pregunte porque no tengo ni idea de lo que va a pasar».

Reunificación

En los últimos años las relaciones a ambos lados se han normalizado mucho más que en ninguna otra frontera. ¿Podría ser que el Brexit hiciera posible un referéndum sobre la reunificación con la República de Irlanda? «Por supuesto, y es muy probable que suceda si al final el Reino Unido sale de la UE», opina Angie Hughes, que nació en Omagh, donde se produjo el último gran atentado terrorista en pleno proceso de paz -en el que murieron dos turistas españoles- y que supuso la completa desligitimación de la violencia.

«El Brexit lo vemos con pánico y lo que no queremos en absoluto es volver a tener una frontera o que haya violencia». Ella sabe perfectamente qué ha significado la UE en Irlanda del Norte, porque trabaja en el Ayuntamiento de Londonderry (los nacionalistas irlandeses se dedican a tachar el London de los carteles de las carreteras) gestionando los fondos europeos con los que se construyó el «puente de la paz» para unir las dos orillas del río Foyle, que separa a las dos comunidades, los católicos nacionalistas a un lado y los protestantes y unionistas al otro. En cierto modo, unos y otros han vivido como los serbios y los albaneses en Mitrovica y los pueblos aún se distinguen unos de otros por las banderas que predominan, como si fuera una especie de Macedonia celta en vez de balcánica.

En uno de los pueblos masivamente engalanados con banderas británicas, Aughnacloy, contempla pasar la vida Henry Jones, un mecánico jubilado, protestante y unionista que culpa «a las dos comunidades» de la violencia en la que vivió casi toda su vida y ahora «preferiría que no hubiera Brexit». Muchos de los que han sido fervientes protestantes ahora se apresuran a pedir un pasaporte irlandés para intentar mantener en lo posible, aunque en público se declaren partidarios del Brexit. En la mismísima línea de la frontera de Killea, a 20 kilómetros de Derry, donde también hubo una aduana, del lado irlandés se gana la vida Antony, de 74 años, almacenando coches con matrícula británica para revenderlos al otro lado cuando ya no tengan que pagar IVA. «A mi edad el Brexit me da lo mismo, que hagan lo que quieran. De todos modos, creo que al resto de Europa nos irá muy bien cuando por fin podamos vivir sin los británicos».

En celebrar el Brexit concidía con otro jubilado protestante, uno de los pocos que defiende públicamente la ruptura «contra esos burócratas chupatintas de Bruselas» y que ha venido a Belfast a pasar el fin de semana con su esposa. La capital no es ya aquella ciudad cercenada por la violencia entre las dos comunidades. Ayer precisamente la ciudad estaba colapsada por una gran manifestación. Por suerte, nada que ver con los tiempos de «los disturbios». Ayer era -señal de los tiempos- una banal manifestación del «Orgullo».

Fuente: ABC

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