Jeff Sessions rechaza ante el Senado revelar las conversaciones con el presidente sobre el caso

Ni Donald Trump ni la Casa Blanca. Ni siquiera el Kremlin. El objetivo último y casi único de la declaración este martes ante el Comité de Inteligencia del Senado del fiscal general de EEUU, Jeff Sessions, fue él mismo. Salir vivo, evitar la colusión, justificar su continuidad. Nervioso, a veces irritado, en muchas ocasiones reiterativo, el fiscal general trató de sortear el campo minado de la trama rusa con silencios y versiones oficiales denostadas por el propio Trump. “Cualquier sugerencia de que estuve implicado es una detestable y abominable mentira”, clamó.

Avance cero. Sessions no ofreció ningún dato revelador. Sólo reforzó el perímetro defensivo. Uno tras otro fue devolviendo los balones a los senadores republicanos y demócratas. No intervino en las investigaciones de la trama rusa. No mantuvo una tercera reunión con el embajador Sergéi Kislyak. No celebró encuentros con representantes del Kremlin. No, no, no. El fiscal general se parapetó en su inocencia y en su rechazo a revelar detalles de sus conversaciones con el presidente. “Que hable él”, llegó a decir.

La vertiginosa película vivida por la Casa Blanca en los últimos meses pasó por delante de sus ojos como si no tuviera que ver con el fiscal general. Dio igual que fuera el despido del director del FBI, James Comey, o las explosivas investigaciones sobre los posibles vínculos del equipo electoral de Trump con los ciberataques del Kremlin a la candidata demócrata Hillary Clinton. Todo le quedaba lejos. Y en las ocasiones en que decidió dar explicaciones lo hizo recurriendo a la versión oficial ya conocida. Fue el caso de la caída de Comey. Ahí volvió a insistir en que se debió a su errática conducta en el asunto de los correos de Clinton, pese a que el propio presidente ya ha reconocido públicamente que se debió a la trama rusa.

Otro tanto sucedió con su ocultamiento al Senado de sus dos reuniones con el embajador ruso y con su posterior recusación en las indagaciones de la trama rusa. Insistió en que su inhabilitación no implicaba ninguna sombra de sospecha, sólo que estaba legalmente contaminado por haber participado en las elecciones como asesor de Trump. “Y las reuniones con Kislyak no las oculté, solo que no las cité porque, en el contexto [de los ciberataques], se me preguntó si mantenía reuniones regulares con cargos rusos, y mis encuentros no tenían nada que ver con eso”, afirmó.

Sus respuestas tuvieron una acogida tibia. Tras la comparecencia el jueves pasado del exdirector del FBI, quien acusó al presidente de intentar torpedear la investigación, las dudas sobre el caso se habían multiplicado. Y Sessions, con su muro defensivo, no ayudó a aclararlas.

Ante el bloqueo, los republicanos evitaron insistir, y los demócratas mostraron su incredulidad. No entendieron que callara sus conversaciones con el presidente. “Su silencio dice mucho”, sentenció el senador Martin Heinrich, confirmando lo que todos en Washington saben: que Sessions es una figura en declive. En menos de cinco meses ha sufrido una de las mayores abrasiones del Gabinete. El mismo presidente se ha distanciado de él y su capacidad de maniobra resulta muy limitada.

En marzo, tras la caída del consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn, el veneno de la trama rusa le alcanzó de lleno. Tras su recusación, el fiscal general adjunto Rod J. Rosenstein quedó al cargo de las investigaciones y de despachar sobre este asunto con el director del FBI. Cuando este fue destituido a cajas destempladas por el presidente, Rosenstein tampoco resistió la presión. Ante la ola de desprestigio que amenazaba con aplastarle, dio un paso histórico: nombró fiscal especial del caso al implacable Robert Mueller, director del FBI de 2001 a 2013.

Todo ello abrió una inmensa brecha entre Sessions y Trump. El hombre que debía ser el baluarte del presidente se había vuelto su eslabón más débil. No sólo estaba inhabilitado en todo lo concerniente a la trama rusa, sino que había permitido que se abriesen las puertas a un fiscal especial dispuesto a llegar hasta el fondo del asunto.

La crisis entre ambos llegó al punto de que el fiscal general ofreció su dimisión. No le fue aceptada. Pero una vieja amistad había quedado malherida. Este martes, Sessions intentó salvarla.

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