Opinion2Tal y como diría Elías Canetti al inicio de su obra Masa y poder, a nada le tiene más miedo el hombre que a ser tocado por lo desconocido. Eso, argumenta en aquel libro, lo lleva a agruparse en masas que le brinden seguridad. Esa búsqueda de comodidad también lo lleva a creer que se puede predecir el futuro. Sea a través de runas, adivinación de entrañas de animales, horóscopos o algún otro sistema, por siglos las personas trataron de encontrar alguna referencia que al menos les diera cierta noción de orden y destino favorable. En el mejor de los casos encontraban una frase vaga y ambigua que les permitía pensar mejor su situación y plantear tácticas más eficientes, como eran los oráculos. Sin embargo casi siempre estas profecías llevaban a la idea de que todo era cíclico, predecible e incluso se encontraba escrito en el cielo. Y si esto ocurría el individuo era poco más de un agente de lo inevitable. En ese sentido la historia ha mostrado repetidas veces que una de las maneras más eficaces para controlar una población es a través de cultivar la noción de la fatalidad. Si se percibe la existencia de algo inamovible como el destino, los ciclos de la naturaleza que se repiten, la esencia de una nación o siquiera la idiosincrasia con arraigo ancestral, se prepara a la gente a presentar reacciones predecibles ante una situación determinada. Esto facilita el dominio al gobernante y hace que la sociedad permanezca casi inmóvil.

Tal vez uno de los mejores ejemplos es el calendario maya. Si la dinámica social se da en el marco de ciclos previamente definidos donde hay días, meses o años favorables o funestos o se sabe cuáles riesgos presentan, entonces el monarca se apoya en personas que se dedican a adivinar qué puede suceder con base en ese orden preestablecido: los sacerdotes. A lo largo de los siglos el hombre (o al menos algunos individuos) han pasado de creer que su destino se encuentra en los astros a la certidumbre de que las cosas dependen de su iniciativa y habilidades.

El entorno puede condicionar la acción, pero bajo este argumento la persona puede aprovechar las limitaciones y usarlas en su ventaja. En la opinión pública vemos ambas corrientes. Por una parte existen los sacerdotes que buscan en los acontecimientos señales de un futuro inminente el cual, naturalmente, es favorable a sus intereses. Ese es el discurso ideológico: la historia tiene un sentido claro y predecible, el cual llevará inevitablemente a un resultado previsible. Puede haber complicaciones pero, según este argumento, el final es inevitable. De esa forma el individuo es poco más que un agente de las fuerzas del bien y del mal. Bajo este argumento tampoco nadie es plenamente responsable de un acto o sus consecuencias. Otros asumen la incertidumbre y buscan, si acaso no presagios, sí elementos que les permitan conocer mejor el entorno y tomar las mejores decisiones posibles. Nadie tiene la mejor información al momento de adoptar una acción determinada. Por lo tanto todo es prueba y error en un entorno contingente. Sin embargo la responsabilidad frente a sí mismo le permite aprender de sus equivocaciones.

La democracia es un juego de los individuos, donde cada decisión se toma en un ambiente incierto y contingente. Ayuda en su supervivencia y caída la elección que cada uno de nosotros toma de referentes mediáticos, pues éstos influyen en la forma que estructuramos nuestras ideas.

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