La cantante mexicana publica su nuevo álbum ‘Valiente’, un disco con canciones de reguetón que incluye su fenómeno viral ‘Me Oyen, Me Escuchan’.

Lo primero que hace Thalía al entrar a una rueda de prensa con un reducido número de periodistas es reírse. De sí misma. Y espera a que todos continúen chiste. Pues una broma como esta, un comentario aparentemente inocente que hizo en sus redes sociales hace unos meses le ha retribuido algo más que carcajadas: más de siete millones de reproducciones en YouTube, memes que han dado la vuelta al mundo, ser tendencia mundial durante meses, un hit en las discotecas, todo un éxito musical sin necesidad de pasar por un estudio de grabación. El famoso Me Oyen, Me escuchan le ha asegurado la promoción de su nuevo disco, Valiente, que presenta este viernes y en el que ha incluido el chiste con el que medio mundo se rió de Thalía. Y ella de todos.

 Porque la heredera de una estirpe de cantantes mexicanos que explotaron sus carreras en los años noventa —como fue Luis Miguel o Paulina Rubio— diseñados para representar la perfección —tan rubios, tan altos, tan blancos, tan guapos— y convertirse en la figura aspiracional de millones de jóvenes que no se parecían en nada a ellos, a sus 47 años ha decidido hacer lo que le dé la gana. “El éxito ahora está en ser uno mismo”, cuenta. Y esto lo ha aprendido de sus dos hijos pequeños, fieles seguidores de youtubers e influencers, miembros de una generación en la que Thalía, sus telenovelas y sus baladas, significaba bastante poco. Hasta ahora.

La reinvención de esta cantante mexicana con más de 30 años de carrera ha ido dirigida precisamente a ellos, a los millennials. Los temas de su nuevo disco repiten, excepto en contadas ocasiones, los beats de la música urbana que se ha extendido entre los más jóvenes. Y se mueve así del reguetón al trap. Colabora con Gente de Zona o Natti Natasha, con quien grabó el éxito No me acuerdo, y publicó en todas las plataformas mucho antes de que saliera este álbum. Trece títulos pegadizos, bailables, con más posibilidades de convertirse en un éxito veraniego que en la banda sonora de noviembre.

Su transformación hacia el reguetón empezó en 2016. Entonces la cantante interpretó Desde esa noche junto a una de las estrellas actuales del género, Maluma, tema que ha alcanzado más de 180 millones de reproducciones en YouTube.

“En esa pantallita negra que todos tenemos pegada a la mano veo una travesura”, declara Thalía en la rueda de prensa de presentación de su nuevo disco. “Ahí detrás hay una tribu que se engancha conmigo, que ve la vida de mi mismo color, que en algún momento de la vida perdió un tornillo como yo”, añade risueña.

El día en que medio mundo pensó que Thalía había perdido ese tornillo ella estaba triste. Le habían regalado un vestido porque su cumpleaños 47 estaba cerca y quiso compartirlo con sus seguidores en sus redes sociales. “¿Están ahí mis vidas? ¿Me oyen? ¿Me escuchan? ¿Me sienten?”, unas preguntas que, canturreadas, se convirtieron en un fenómeno viral. Enseguida, surgieron de manera espontánea mezclas de su voz con base de salsa, reguetón, merengue, hasta heavy metal.  Después de subir aquello, se fue a dormir, y al día siguiente: “Me desperté con vídeos de niños bailando con mis palabras, de la canción en las discotecas, en bodas, drag queen interpretándola… Me emocionó. Hay demasiada seriedad en este mundo. Y la gente necesita un break tantito, hacer una locura”, señala. La versión del tema que más le gustó la compró y la ha añadido como última canción de su nuevo disco.

El éxito que consiguió con este fenómeno la antigua integrante del grupo noventero mexicano Timbiriche fue tal que en agosto las búsquedas relacionadas con ella se incrementaron cerca de un 60%, algo que no sucedía desde que en 2014 se difundió la falsa noticia de su muerte.

Poco queda en esta nueva Thalía de aquella de Amor a la mexicana. La versión reguetonera y desenfadada de esta veterana cantante ha sorprendido a sus miles de seguidores, le ha granjeado muchos nuevos y ha resucitado en una industria cruel que solo se acordaba de ella cada dos años. Pero hay algo que no cambia. Unos dientes blanquísimos, la sonrisa oportuna cuando se prenden los focos, el tono pastel que lo invade todo: sus labios, sus mejillas, sus rizos color caramelo, su blusa chicle, sus tacones de princesa. La herencia imborrable de los artistas de los noventa.

Fuente: El País.

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