En 1963 lanzó 350 millones de filamentos de cobre para facilitar las comunicaciones en caso de ataque soviético. Hoy muchas de ellas forman parte de la basura espacial y son una amenaza.

A comienzos de los sesenta las comunicaciones transoceánicas dependían fundamentalmente de cables tendidos en el fondo marino. Por eso, al igual que ocurre hoy con los satélites, se pensaba que serían un objetivo prioritario en caso de guerra. Solo existía una alternativa: se podía hacer rebotar las ondas de radio contra la ionosfera de la Tierra para hacerlas llegar lejos. El problema es que las tormentas solares podían interrumpir las comunicaciones cada cierto tiempo.

El mundo vivía el apogeo de la Guerra Fría, así que los estrategas estadounidenses estaban preocupados ante la fragilidad de sus comunicaciones transoceánicas. Por ello, al mismo tiempo que se hacían decenas de ensayos nucleares, contaminando el planeta y causando miles de casos de cáncer, los planificadores tuvieron una nueva idea. ¿Por qué no crear un anillo de metal alrededor de la Tierra para facilitar las comunicaciones? Bastaría con sembrar el espacio con cientos de millones de agujas de cobre que funcionasen como antenas. Corría el año 1958 y acababa de nacer el proyecto Westford.

A ninguno de los planificadores le pareció una mala idea llenar la órbita de la Tierra de pequeños proyectiles de metal. Sencillamente, la amenaza del comunismo era más acuciante. Además, por entonces el espacio parecía un lugar muy amplio: a finales de los cincuenta solo se habían lanzado un puñado de satélites y Yuri Gagarin todavía no había surcado la órbita. ¿Qué podía salir mal?

Como el tiempo demostró después, sembrar el espacio de objetos no siempre es buena idea: todavía hoy en día, existen decenas de «pegotes» de agujas surcando el espacio a velocidades de decenas de miles de kilómetros por hora, amenazando naves y satélites.

El plan comenzó en 1958, cuando la Fuerza Aérea de Estados Unidos y el Departamento de Defensa le encargaron al laboratorio Lincoln, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), crear un sistema de comunicaciones de largo alcance. La localidad de Westford, próxima a las instalaciones del laboratorio, bautizó el proyecto.

500 millones de agujas en el cielo

La solución propuesta, ideada por Walter E. Morrow y Harold Meyer, consistió en lanzar al espacio cientos de millones de finas agujas de cobre, de 1,78 centímetros de largo y cerca de 20 micras de diámetro (cuatro veces menos que el grosor de un cabello humano) para que el metal actuase como dipolo y facilitase la transmisión de ondas de radio de 8 GHz.

El proyecto requirió también emplear antenas de alta ganancia y transmisores de alta potencia para enviar y recibir las señales, a través de las agujas. Además, estaba previsto poner en órbita unos 20 kg de filamentos con cada lanzamiento de cohete y que pasados unos años el viento solar los empujase de vuelta a la Tierra.

La idea se intentó poner en práctica el 21 de octubre de 1961. Los estadounidenses lanzaron un dispensador metálico cargado con 480 millones de agujas a bordo de un misil Atlas-Agena, pero hubo un fallo y la carga no se desplegó. Nunca quedó muy claro cuál fue el destino de las agujas lanzadas.

Pero el proyecto Westford siguió adelante. En aquel momento, la paz pendía de un hilo. Los años 1961 y 1962, en el que se produjo la crisis de los misiles cubanos, presenciaron cerca de 200 ensayos de explosiones de bombas atómicas.

A pesar de todo, un grupo de astrónomos británicos, con el apoyo de la Royal Astronomy Society, protestó enérgicamente, ante el temor de que las agujas dificultasen las observaciones astronómicas. El diario soviético Pravda acusó a Estados Unidos de «ensuciar el espacio».

Después de una serie de reuniones secretas de la Academia Nacional de Ciencias de EEUU, la administración de Kennedy buscó una solución de compromiso. Las agujas se desplegarían en una órbita baja, de forma que reentrasen en la atmósfera pasados unos años, y prometieron no hacer nuevos lanzamientos hasta que no se analizasen los resultados del anterior.

Éxito en las comunicaciones

El 9 de mayo de 1963 EEUU volvió a hacer un lanzamiento. Esta vez se logró poner en órbita unas 350 millones de agujas a una altura de 3.500 kilómetros, en una banda que cruzó el polo norte y el polo sur. A continuación, se llevaron a cabo los ensayos de telecomunicaciones. Su resultado fue un éxito: se logró hacer conexiones por voz y enviar teletipos entre California y Massachusetss. Sin embargo, en seguida las agujas se dispersaron y la calidad de las transmisiones cayó en picado.

«La ionosfera artificial –escribió S. David Pursglove en “Radio-TV Experimenter”– por primera vez hará posible la televisión y radiocomunicación fiable, de alta calidad y de bajo coste entre dos puntos cualesquiera sobre la Tierra».

Sin embargo, no todo el mundo se mostró tan optimista. La naturaleza militar y casi secreta del proyecto llevó al famoso astrónomo británico Sir Bernard Lovell a declarar: «El daño no solo reside en el experimento en sí, sino también en la actitud que lo ha hecho posible, sin salvaguardas ni acuerdo internacional». De hecho, el año anterior Estados Unidos había sorprendido al mundo con la mayor explosión nuclear en el espacio, en la prueba Starfish Prime, y ya se había cosechado mala fama.

La reacción internacional

Varios grupos de científicos, entre ellos la Unión Astronómica Internacional (IAU) y el Comité de Investigación Espacial (COSPAR), demandaron participar y tener acceso a los detalles de los experimentos. Finalmente, se llegó a un acuerdo que garantizó que los científicos participasen en la evaluación y planificación de proyectos en el espacio exterior.

El asunto llegó hasta naciones Unidas, donde el embajador de EEUU, Adlai Stevenson, defendió el proyecto.

Finalmente, el acuerdo entre los científicos y Estados Unidos para el proyecto Westford entró en el Tratado del Espacio Exterior, ratificado en 1967, que estaba diseñado para luchar contra la militarización y la degradación del espacio. Según este marco, ningún país puede reclamar el espacio o algún cuerpo celeste, todos deben comprometerse a no contaminarlo y son responsables de cualquier daño causado, entre otras cosas. Además, se prohibe el despliegue de armas de destrucción masiva y de bases militares y se considera a los astronautas como «enviados de la humanidad» que deben prestarse ayuda mutuamente.

Miles de agujas siguen en el espacio

Y, ¿qué fue de las agujas? Tal como estaba previsto, muchas de las que se lanzaron en 1963 reentraron en la atmósfera y quedaron acumuladas en el hielo de los polos. Pero un número indeterminado de ellas se quedó en el espacio y todavía permanece ahí, convertidas en pequeños proyectiles que viajan a decenas de miles de kilómetros por hora.

A causa de un fallo de diseño, algunas agujas se unieron y formaron pequeños bloques en el vacío. Según un informe publicado para la Agencia Espacial Europea (ESA) en 2001, estos bloques tienen la capacidad de permanecer en la órbita durante décadas. De hecho, hoy en día la Oficina del Programa de Residuos Orbitales de la NASA controla hasta 40 bloques de agujas, que forman parte de la vasta fauna de basura espacial que la carrera espacial ha sembrado en la órbita del planeta ( en la web «stuff in space» puede observarse su trayectoria). Además, el informe de la ESA sugiere que deben existir miles de agujas más imposibles de detectar.

Poco después del segundo lanzamiento comenzaron a lanzarse los satélites para comunicaciones militares, con lo que las agujas quedaron sumidas en el olvido. El laboratorio Lincoln, que ideó el proyecto, se convirtió en un contratista clave para el desarrollo de satélites militares y recibió el encargo de vigilar las agujas que había lanzado. La Guerra Fría continuó su curso pero, en parte gracias al proyecto Westford, el espacio comenzó a verse como un patrimonio de la humanidad que había que proteger.

Fuente: ABC

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