La mayoría recurre a su entorno más cercano, pero según datos europeos uno de cada 6 duerme a la intemperie y uno de cada 8 roba o mendiga para sobrevivir.

Uno de cada seis menores fugados en Europa pasa la noche a la intemperie; uno de cada ocho roba o mendiga para sobrevivir y uno de cada 12 corre un serio riesgo de sufrir algún tipo de abuso. Son datos del último informe de la organización Niños Perdidos Europa, de los que no faltan ejemplos en España. Como hicieron Jonathan y Jaione, de 15 y 16 años, que huyeron de Pamplona el año pasado y estuvieron una semana durmiendo en un parque de Huelva. O como una menor encontrada en agosto, seis meses después de su desaparición, al ser detenida por robar en un comercio de El Ejido (Almería). O como la joven que hace unos días huyó de un centro de menores en Palma y acabó drogada y abusada por un hombre de 38 años.

Lo habitual, no obstante, es que recurran a la casa de familiares o amigos, reconoce Diana Díaz, subdirectora del Telefono ANAR de ayuda a niños y adolescentes. Pocas veces sucede como en Estados Unidos: allí las estimaciones del Departamento de Justicia apuntan a que un tercio de los casi 450.000 niños que huyen de su hogar cada año acabarán siendo captados por redes de prostitución en las 48 horas siguientes a su huida. Solo hace un par de semanas el FBI rescataba en EE.UU. a 84 menores en esta situación. «En España no tenemos ese problema», aseguran fuentes policiales.

Pocas de alto riesgo

De las 1.315 denuncias activas por desaparición de menores en España, apenas 20 están clasificadas de alto riesgo y otras 7 de alto riesgo no confirmado, según los datos del Ministerio del Interior de 2017. La mayoría de desapariciones corresponden a huidas, como también se desprende de los datos del teléfono especializado 116000 de la Fundación ANAR. El 57,8% de las llamadas que reciben son por fugas, el 19,8% expulsiones del hogar y el 17,4% secuestros parentales.

El perfil que predomina en las denuncias de la Policía corresponde a adolescentes internados en centros de menores y a extranjeros no acompañados, a los que se les pierde la pista porque se trasladan a otros países europeos, en especial los procedentes de Marruecos, que se desplazan hasta Francia atraídos por el idioma común.

La tercera categoría más frecuente es la de adolescentes que huyen de su domicilio voluntariamente y que «la inmensa mayoría se resuelven solas», insisten en la Policía. Es lo que hizo María cuando tenía 16 años. «Mis padres se habían separado, me quedó una asignatura y mi madre me hizo la vida imposible. Discutimos mucho, así que cogí una maleta y me fui a casa de una amiga». Le duró dos días, era consciente de que tampoco se podía quedar más tiempo y su madre ya la había localizado al ver que no volvía. «Yo era hija única y sabía que si me iba, se moría de pena, por eso lo hacía», explica hoy, con 27 años.

Un motivo detrás

«Detrás de una fuga siempre hay un motivo que los hace sentir mal, por el que no sienten bien tratados», explica Díaz. Son problemas de convivencia y entendimiento en el seno familiar, propios de la edad, que desembocan en huidas de corta duración, de dos o tres días. A veces de una semana. Sin embargo, también pueden estar motivadas por situaciones de violencia y maltrato familiar o incluso por presiones de terceros, sobre todo en contextos de parejas que puedan ejercer la violencia de género, explica la psicóloga.

El pico de huídas se produce a los 15 años, según Niños Perdidos Europa. Sin la madurez suficiente para desenvolverse fuera de casa, el gran problema son las fugas que se tuercen. «Piensan que no les va a pasar nada, se enredan con personas mayores, de 18 a 30 años, y a veces son muy difíciles de encontrar», explica Jesús Chaves, criminólogo y fundador de Cibe Menores Desaparecidos. Como un caso que le llegó hace casi dos años de una menor de 14. «En origen se fugó por amor, y ahora puede que no esté ni en España, ni oculta por su propia voluntad».

Precisamente el método del «lover boy» es uno de los utilizados por los captadores de las redes de trata. Seducen a las menores, las convencen para fugarse. Pero cuando lo hacen, acaban en redes de explotación sexual. Y, aunque en España «el índice no es muy alto», cuenta Chaves, «ahí el riesgo es que acaben saliendo del país».

Este año, Unicef publicaba un informe sobre trata de menores en España en el que reconocía que aunque en la mayor parte de los casos las víctimas son extranjeras, «se empiezan a detectar casos de víctimas nacionales». Las redes las captan en los institutos, discotecas, o a través de las redes sociales. «Son adolescentes que viven en España y que por cualquier motivo se encuentran en una situación de vulnerabilidad (lazos familiares débiles, parejas conflictivas, drogadicción, dificultades económicas…)». La situación es aprovechada para, igual que sucede con las víctimas extranjeras, iniciar el proceso de engaño y captación.

Nunca regañar a la vuelta

Salvo en estos casos, «residuales» según la Policía, el riesgo de que un menor que se ha fugado una vez reincida es muy alto si el problema que la motivó no se resuelve, explica Díaz. Sobre todo si encuentran alternativas que les confundan, como pandillas, amistades peligrosas o adultos que les influyan negativamente.

A la vuelta, explica la responsable del teléfono ANAR, la actitud de los padres debe ser de cercanía con el menor y de alegría por el regreso. «Todo lo contrario a regañar», explica. Y aunque las horas de espera son de mucha preocupación para los padres, «si están dolidos la vuelta no es el momento de decirlo».

Entre las pautas que dan en la fundación a los familiares, también figura la de respetar los tiempos del joven para explicar sus motivos y asegurarles que se hará todo lo posible para resolver el problema. «A veces hay que pedirles perdón si detrás hay un tema familiar pendiente», concluye Díaz.

Fuente> El Pais.

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