El número dos pierde en su segunda cita en Acapulco (3-6, 7-6 y 7-6, en 3h 03m), tras desperdiciar tres bolas de partido, y reprocha al australiano: “Le falta el respeto al público, el rival y a sí mismo”.

Anda Nick Kyrgios por la pista como aquel que está de paso y le apetece jugar un par de bolas. Y esta vez no hubo excepción. Al australiano, de 23 años, se le presupone un talento extraordinario, pero año tras año se confirma la decepción: Kyrgios está pero no está, no llega; Kyrgios, lo ha dicho él mismo más de una vez, no quiere ni le interesa desarrollar un potencial fuera de toda duda, en serio riesgo de perderse en la nada porque avanza el tiempo y sigue retrocediendo el tenista desnortado y circense. Proyecto de figura, pero ante todo show, en realidad.

En esta ocasión le dolía la barriga, de ahí que a los diez minutos de partido (“creo que estoy enfermo…”, les dijo a los médicos) ya se hubiera marchado al vestuario. También las rodillas, en las que lucía un doble vendaje para proteger los tendones rotulianos. Y a medida que avanzó la noche se quejó de la espalda, por lo que tuvo que ser masajeado antes de que se resolviera el duelo con Rafael Nadal, que al final terminó mareado (y derrotado) ante tanto teatrillo y toda la parafernalia que plantea su rival: 3-6, 7-6 y 7-6, en 3h 03m de una velada eléctrica.

“Hoy han sucedido muchas cosas”, explicó el de Manacor, de 32 años. “Ha sido uno de esos días en los que no tocaba ganar, porque creo que he jugado en todo momento para ganar, con ventaja casi todo el rato, y sus oportunidades han sido mínimas comparadas con las mías. Pero jugando contra alguien que saca así, te expones al riesgo de que el resultado final no sea el esperado, y más si uno no aprovecha las oportunidades que tiene”, radiografió el español.

Kyrgios fue cien por cien Kyrgios, vacilón: improperios al aire –recibió un warning por palabras malsonantes–, varias frivolidades –hizo un saque en forma de cuchara, tratando de coger desprevenido a Nadal con la pillería, y se permitió otro desidioso golpe por debajo de las piernas porque en un momento dado no le apetecía guerrear– y un comportamiento al límite del reglamento. Pese a todo esto, y a bastantes detalles más de dudoso gusto, el balear mantuvo el tipo y no perdió la compostura, pero no supo rematar la faena y terminó cediendo ante el remolino australiano.

Verdugo de los tres grandes

Silbaba el público a Kyrgios, que lejos de arrugarse celebró la victoria echándose la mano al oído, pidiendo guerra a la grada de Acapulco, eufórico porque a falta de apetito bien le mueven los grandes desafíos, y Nadal es uno de ellos. Ya le ha batido tres veces, como también ha vencido a Roger Federer (una en cuatro choques) o a Novak Djokovic (dos de dos). Así es él, un tenista que hoy día es 72 del mundo, que no ha celebrado ningún título verdaderamente reseñable y que tampoco ha alcanzado una cota dorada de un Grand Slam. Sin embargo, Kyrgios es toda una pesadilla. Un fenómeno con el espíritu de un niño, todavía.

“A mí no me saca nada de quicio”, expuso Nadal. “Llevo tropecientos años en el circuito y porque un chico se dedique a hacer cosas extrañas dentro de la pista no me va a despistar. Otra cosa es que crea que él debe mejorar en ese sentido, pero no creo que intente sacarme de quicio. Él hace su show y tiene un talento descomunal. Hoy le ha salido bien y ha ganado, lo que pasa es que cuando uno se dedica a hacer esto… En teoría tiene potencial para ganar un Grand Slam y estar arriba en el ranking, pero por eso está donde está. Es un jugador muy peligroso, pero le ha faltado continuidad y por algún motivo será. No digo que sea un mal chico, es bueno, pero le falta un poco de respeto hacia el público, el rival y sí mismo”.

Una propuesta desconcertante

Su tenis desconcierta (58 ganadores, frente a 49 errores) y su actitud descoloca. Capaz de complicar la acción más sencilla y de inventarse el golpe más inverosímil en un mismo punto, el joven jugó todo el rato al despiste en el duelo con Nadal. Disputó el primer parcial desganado, insinuando que iba a dejarse ir, pero luego encendió el turbo y comenzó a sacar conejos de la chistera. Privó al mallorquín de cuatro bolas de break en la segunda manga (que hubieran significado el 5-4) y equilibró, y en la definitiva abortó otras cinco (1/10, en total) antes de descargar la traca final en el tie-break, en el que volteó un 3-6 adverso.

Nadal, destemplado después de todo el vaivén y la aparatosa réplica de su adversario, desperdició tres puntos de partido, cometió una doble falta y se despidió con cara de pocos amigos. “He perdido el partido sin que él me hiciera ningún break”, subrayó el de Manacor, cuyo próximo destino será Indian Wells, a partir del 4 de marzo; “ha sido un partido extraño. Ha habido momentos en los que parecía que él estaba muy lesionado; después parecía que estaba en perfecto estado… Creo que de 10 partidos como este, con las mismas situaciones, mínimo ganaría ocho, pero por diferentes factores hoy no era el día. Esto me deja triste”.

LA RÉPLICA DEL AUSTRALIANO: “NADAL NO ME CONOCE, ÉL DEBERÍA CENTRARSE EN LO QUE DEBE HACER…”

La reprobación de Nadal encontró réplica en el vencedor de la noche, que se medirá en la próxima ronda al suizo Stan Wawrinka (7-6 y 6-4 a Steve Johnson). Kyrgios definió al balear como un “increíble campeón” y dijo adorar su juego, pero contragolpeó con un discurso contundente.

“Yo soy diferente, Rafa es diferente”, se arrancó. “Él puede centrarse en lo que debe hacer…”, empezó a elevar el tono. “Él no sabe por todo lo que he pasado, no me conoce, así que no voy a escuchar lo que dice. Él juega como juega, es muy lento entre punto y punto, y existe una regla que dice que debes ser rápido a la hora de sacar. Pero no voy a hablar sobre él y su juego. Yo tengo mi juego”, continuó el de Canberra.

“Mi año ha sido muy duro. He tenido que pelear mucho contra las lesiones y no he podido jugar bien”, agregó, antes de zanjar: “Me encanta salir ahí fuera y ganar grandes partidos como este. Lo di todo ahí fuera. No voy a tener en consideración lo que él ha dicho”.

En un contexto completamente diferente, David Ferrer disputó el que fue su último partido en Acapulco. El alicantino, de 36 años, continúa despidiéndose del tenis y lo hizo la pasada madrugada de México, al caer frente al alemán Alexander Zverev: 7-6 y 6-1. Pondrá el broche final a su carrera en la Caja Mágica de Madrid, en mayo.

Fuente: ELPAÍS

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