Emotivo concierto del músico, que padece una enfermedad degenerativa, en el Royal Albert Hall de Londres.

Uno no puede evitar sentir cierta melancolía: huele a adiós en Londres. El día es soleado y el Támesis recorre una ciudad que se mueve deprisa. En los aledaños del Royal Albert Hall la gente comparte impresiones… Unos opinan que la mejor fue su época pop, otros se llevan las manos a la cabeza y contraatacan defendiendo sus años Blues… Hay pocos músicos que a los 75 años sigan en forma y el estado físico de Eric Clapton es un misterio para gran parte del respetable desde que anunció que padece una enfermedad degenerativa que pronto le impedirá tocar. Aunque, como dice el dicho «el que tuvo, retuvo», y Clapton sale dispuesto a demostrarlo.

El concierto arranca con «Motherless Children», un poderoso rock and roll con un toque autobiográfico. El inglés empieza con calma, dejando hacer a los fabulosos músicos que le rodean y sin demasiadas florituras en estos primeros compases del concierto. Sigue «Pretending», una de sus canciones más animadas y donde brilla su voz con ese gusto tan elegante para las melodías que le caracteriza.

Si algo es en este mundo Eric Clapton, es embajador del blues. En «Key to the Highway» (Big Bill Broonzy) y «Hoochie Coochie Man» (Muddy Waters) rinde homenaje a aquellos maestros que sentaron las bases de la música popular del siglo XX, aprovechando también la oportunidad para comenzar a volar por el mástil de la guitarra.

El primer punto fuerte de la noche llega con «I shot the Sheriff», tema de Bob Marley que Clapton lleva refinando desde que apareciera en su segundo disco en solitario («461 Ocean’s Boulevard»), allá por 1974. Hoy es una versión con fuerza, muy lejos del reggae perezoso de la versión original, y donde Clapton se marca un solo de casi tres minutos que humedece las retinas del cronista. El riff final, con toda la banda unida para el clímax mientras Clapton cierra su punteo, es sin duda uno de los momentos más emocionantes de la noche.

Hay quien defiende que el arte es la ciencia que juega con los contrastes… Tras treinta minutos de exhibición por parte de todos los miembros de la banda, Clapton saca la guitarra acústica y toma asiento entre el gran Nathan East (bajista) y Doyle Bramhall II (guitarra); empieza la sección «unplugged».

Un sutil «Driftin’ Blues» da el pistoletazo de salida a cinco temas acústicos que demuestran con creces que Clapton aún está para salir al ruedo. Arropada por el piano de Chris Stainton y el órgano Hammond de Paul Carrack, la voz de Eric alterna entre susurro y rugido sin esfuerzo aparente. Cuando toma la guitarra acústica se aprecian nuevos matices… En contra de la creencia popular, no es la mano izquierda la que hace la magia, sino la derecha (la rítmica). Observando con atención, se ve que Eric no golpea las cuerdas, sino que las roza como si fuesen los cabellos de una musa; como Orfeo a su lira.

En la magnífica «Running on Faith», nos regala una interpretación cargada de sentimiento, con un delicado solo de slide de Doyle Bramhall II, justo antes del segundo plato fuerte de la noche, «Tears in Heaven». Compuesta para su hijo de 5 años fallecido en un desafortunado accidente doméstico, la canción se ha convertido en un símbolo atemporal de que la muerte no es necesariamente el final… Si uno no quiere que lo sea. Transformada en un (casi) reggae con toque bluesero, el público contiene la respiración ante el dolor que Clapton sigue expresando cuando la interpreta, aunque hayan pasado más de 25 años desde que la compuso y se haya convertido en parte del repertorio popular, desvirtuándose así su pureza.

«Tearing us Apart» relanza a la banda (de nuevo el juego de contrastes) después del sentimentalismo acústico. Con Eric de nuevo a la guitarra eléctrica, aparece «Holy Mother», canción frecuentemente olvidada en los setlists de Slowhand y que tiene un componente místico/religioso muy evidente. Con las lágrimas obstruyendo los ojos de este cronista toca «Crossroads», ese tributo eterno que le hace Clapton a Robert Johnson.

Sin apenas tiempo para digerir el virtuosismo que exhibe cada vez que cierra los ojos y siente el blues, la banda se lanza con «Little Queen of Spades», donde cada uno de los músicos tiene su momento de protagonismo. Clapton, que se sabe el mejor, huye del ego y cede el foco sin problema una vez más, algo que demuestra otro genio –esta vez el humano– de un artista que ha vivido gran parte de su vida huyendo y que parece por fin, a pesar del cada vez más intenso aliento de la muerte, haber encontrado la paz.

Entonces suena el punteo inicial de «Layla» y el público del «classy» London enloquece como colegialas en presencia de un Beatle. El resto de la canción es historia y, además, este cronista apenas vio sombras pues esas lágrimas que antes obstruían su retina ya hacia tiempo que caían.

Clapton saluda y se va, quedando en los pasillos del Albert Hall ese aroma agridulce que dejan las despedidas a tiempo.

Fuente: ABC

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