El terremoto en Célebes es la última tragedia en sacudir a un país que aglutina los mayores desastres de la Historia, desde el Krakatoa hasta el tsunami del Índico.

A la maldición de enclavarse sobre el «Anillo de Fuego» del Pacífico, la zona de mayor actividad sísmica del mundo con 129 volcanes en activo, se suma el caos de una nación en vías de desarrollo superpoblada y dispersa por sus miles de islas.

Con las mayores junglas tropicales junto a las del Amazonas e islas paradisíacas como Bali, Indonesia es uno de los países más bellos y con mayor diversidad de flora y fauna. Pero este gigantesco archipiélago, que tiene más de 17.500 islas y 260 millones de habitantes, es también la nación con más catástrofes naturales del planeta.

El terremoto de la semana pasada en la isla de Célebes, que provocó un potente tsunami y avalanchas que sepultaron pueblos enteros, es solo el último desastre natural. En verano fueron los terremotos en Lombok, que se cobraron cerca de 600 vidas, y cada año hay terremotos, volcanes e inundaciones mortales.

Desde la erupción del Krakatoa en 1883, que tuvo 7.000 veces la fuerza de la bomba atómica de Hiroshima y mató a más 36.000 personas, hasta el monstruoso tsunami del Índico en 2004, que se cobró 220.000 vidas y más de la mitad en la isla occidental de Sumatra, Indonesia aglutina las mayores catástrofes de la Historia. A la maldición de enclavarse sobre el «Anillo de Fuego» del Pacífico, la zona de mayor actividad sísmica del mundo con 129 volcanes en activo, se suma el caos de una nación en vías de desarrollo superpoblada y dispersa por sus miles de islas.

A tenor de la Agencia Nacional para la Prevención de Desastres, 148 millones de indonesios viven en zonas con riesgo de terremotos y casi cuatro millones en áreas costeras que pueden ser inundadas por tsunamis. «La parte oriental de Indonesia es más vulnerable. La falta de información, infraestructuras, conciencia y prevención de tsunamis son un problema», reconocía esta semana en la Prensa local el portavoz de dicha Agencia, Sutopo Purwo Nugroho. Además de recordar que 176 tsunamis han golpeado desde 1629 el centro de Sulawesi, como se denomina en el idioma local la isla afectada, admitió que las boyas de alerta para detectar olas gigantes no funcionaban desde 2012 por falta de fondos.

Frente a estas carencias oficiales, los indonesios han aprendido a sobrevivir por sus propios medios. «Aunque no recibimos en el móvil ninguna alerta del Gobierno, tras el terremoto huimos a un lugar elevado en el interior de la jungla porque sabíamos que enseguida iba a venir un tsunami», explicaba el miércoles a ABC Mohammed Mitran en el pueblo de Loli Saluram, barrido por olas de hasta seis metros. Pese a la devastación, solo perecieron seis de sus 1.200 habitantes, lo que hace pensar que la destrucción será mayor que la mortalidad en esta catástrofe.

«Solo tenemos treinta o cuarenta minutos para salvarnos, por lo que la concienciación sobre tsunamis es importante», advirtió el portavoz de la agencia contra catástrofes, Sutopo Purwo Nugroho. Junto a Anthonius Gunawan Agung,el controlador aéreo de 21 años que se sacrificó para que un avión despegara de Palu durante el terremoto, Sutopo se ha erigido en uno de los héroes de esta tragedia al seguir todos los días al pie del cañón pese a estar en fase terminal de un cáncer de pulmón.

Pero en Indonesia, donde los desastres nunca vienen solos, los terremotos pueden tener efectos secundarios incluso más mortíferos que los tsunamis. A las afueras de la «zona cero» de Palu, el seísmo liberó aguas y gases subterráneos que derritieron la tierra y provocaron avalanchas de barro que se tragaron pueblos enteros. Mientras un tsunami de lodo sepultó unas 2.000 casas de Petobo bajo una montaña de dos kilómetros cuadrados, la tierra se hundió en Balaroa formando un cráter gigantesco por este fenómeno físico, denominado licuefacción. A tenor de las autoridades, bajo el fango podría haber un millar de cadáveres, que se sumarían así a los 1.649 fallecidos ya contabilizados.

«Entramos en pánico por el terremoto y salí corriendo con mi esposa y dos de mis hijos, pero no podíamos escapar porque se nos venía encima una avalancha de barro», relatabaKoiri, un vecino de Petobo de 52 años, cuya casa se movió 150 metros. Entre sus escombros intentaba recuperar las pocas pertenencias que se habían salvado del corrimiento de tierra.

Pero aún le fue a Muhammad Yasin, un joven conductor de moto-taxi de la popular aplicación Grab que perdió a su abuela, su tía y un primo en el tsunami que arrasó la playa de Telise, en Palu. La costa que aparecía en aquel espectacular vídeo que recogía la llegada a toda velocidad de las olas, plagada de cafeterías y restaurantes, se ve hoy desierta desde el mismo aparcamiento donde se grabaron dichas imágenes. Al otro lado, los soldados custodian la cúpula bulbosa de la mezquita que se vino abajo por el temblor. «Aunque ahora no podemos hablar por la tristeza, confiamos en Alá para salir de esta tragedia», se resigna Yasin apelando a la religión mayoritaria en Indonesia, el país musulmán más poblado del mundo.

Ante la amenaza del terrorismo islamista, que dejó 202 muertos en el atentado en la isla turística de Bali en 2002 y viene golpeando cada cierto tiempo a Indonesia, las religiones han colaborado entre sí en Célebes, donde viven bastantes cristianos. «Todos mis vecinos son musulmanes y nos hemos ayudado unos a otros estos días», desgrana Roberto, un funcionario municipal católico, en la iglesia de San Pablo, cuyo pórtico se desplomó en el temblor.

Cuando no son los desastres naturales, Indonesia se ve azotada por los humanos. Con un 70 por ciento del archipiélago cubierto por bosques, la deforestación para extender las plantaciones de aceite de palma amenaza a numerosas especies en las islas de Java y Borneo. Como la selva es quemada, Indonesia es uno de los principales emisores de gases de efecto invernadero y el humo de los incendios contamina a los países vecinos, como Singapur y Malasia.

Con pésimas infraestructuras, en este enorme archipiélago abundan los naufragios y accidentes aéreos, como el de un vuelo de Air Asia en el que perecieron sus 162 ocupantes a finales de 2015. En el colmo de la mala suerte, hasta un avión de pasajeros ruso se estrelló en 2012 contra una montaña en un vuelo de prueba para periodistas y aerolíneas interesadas en comprar dicho aparato. Por desgracia, no resultó nada extraño en Indonesia, el archipiélago catástrofe.

Fuente. ABC.

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