¿Qué es lo que integra a una sociedad? ¿Lo que crea ese tejido donde se da la convivencia? Hay muchas respuestas y, seguramente, todas ellas son complementarias. Están desde “el olor” del que habla el filósofo Peter Sloterdijk en su libro El mismo barco, hasta ese código de señas y modismos que nos permiten entendernos y, obviamente, en primerísimo lugar, la historia, o sea, esas experiencias que nos fundan; y la ideología y las costumbres y los hábitos alimenticios y el idioma y el acento con el que se pronuncia el idioma, y un amplísimo repertorio que se resume con la palabra “identidad”: todo eso que se extraña cuando uno se siente extraño en el exilio o, sin ponernos tremendistas, en una larga estancia en el extranjero.

Es una maraña de vivencias e ideas lo que nos da la noción de pertenencia; es ese ver un grupo y, aunque pueda no gustarnos (familia o paisanos), saber que son los nuestros. La identidad, qué asunto más complejo e inasible conceptualmente y, sin embargo, nuestro cuerpo, que tiene su sabiduría, lo sabe muy bien cuando extrañamos el sabor de la comida, y cuando nuestra intuición, que también tiene su sabiduría, nos hace sentir cómodos o incómodos ante la indistinción de una sonrisa, porque todos los seres humanos sonríen, pero el significado varía de persona en persona y, sobre todo, de pueblo en pueblo. Hay lugares donde uno saca la mano por la ventana y no sabe si hace calor o frío.

La identidad de un pueblo se deslava muy fácilmente en un mundo globalizado donde todo puede adquirirse, y donde todo aparece en los abrevaderos de información de los medios, en las redes sociales y, en general, en la internet; esa identidad se atomiza en identidades dependiendo de la ruta que cada quien recorra. Somos mexicanos -tal vez exagero- porque vivimos en un territorio que nos contiene; pero con la cabeza llena de lo que cada quien ha elegido a la carta.

Existen un montón de subsociedades en la sociedad: grupos que, sin importar su localización en el mundo, se integran por afinidades o por fobias, y entre los miembros de esos islotes de identidad se eligen héroes, cantantes, atuendos, y no es extraño que se viralicen estereotipos que hacen aparecer en la realidad zombies, por citar un ejemplo.

Pero en esos mundos virtuales no todo sucede por el libre arbitrio de los individuos, pues hay infinidad de bots que intervienen fomentando maneras de pensar y de sentir, corrientes de opinión o, en síntesis: visiones del mundo que, por supuesto, son antagónicas y auspiciadas por intereses que van más allá de quienes se interesan, se identifican o se dejan troquelar.

Recorro las redes sociales como turista y me topo con comunidades que parecen tan autoconvencidas de la fe que profesan ahí dentro, y luego con otras comunidades donde se profesa una fe tan distinta, tan contraria a la anterior, que me da la impresión de que estoy presenciando una guerra civil virtual, pero guerra civil al fin y al cabo, pues los odios están, como todos los odios, ciegos y sordos para lo que no sea el cerrado credo grupal.

Acabo mi recorrido turístico, no exento de traerme un poco de rabia y un poco de risa como recuerditos. Volteo a ver mi mesa de trabajo y, recuperando mi autonomía mental me digo: estoy en Mexico (marco mis coordenadas) y, vuelvo a extrañar el sentido común, que no es tan difícil de hallar como se cree, pues, en un mundo tan loco como el nuestro, basta con poner en duda lo que uno cree, es decir, con preguntarse simplemente: ¿será? Vuelvo en mí y, otra vez, me entra un deseo frenético por contribuir al arte de dudar. ¡Como me gustaría que el rasgo más destacado de nuestra identidad como mexicanos fuera pensar

Fuente: sinembargo

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