La gente -y por supuesto yo como cualquiera- habla de muchas cosas, opina, alega, defiende sus ideas, da sus puntos de vista, califica de bueno o malo y, según sea su vehemencia, grita o susurra. En suma: hace ruido, y lo hace como las guacamayas o los lobos, los chimpancés o los búhos; no como las hormigas cuya eficacia es muda o, por lo menos, inaudible para mí. La gente al hacer ruido califica, juzga e intenta discernir los que tiene dentro o lo que está delante. Y es frecuente oírles decir que fulano es honrado y que mengano, en cambio, es un corrupto; y a veces haciendo uso de una metáfora frutal califican a otras personas de maduras o inmaduras.

¿A qué se refieren con estos adjetivos?, pues forman una red semántica consistente. Así, dicen de alguien que “está muy verde” o que “le falta madurar” como si la madurez fuera de cosa de tiempo como ocurre con las naranjas o los mangos. Pero como sabemos: hay adultos inmaduros y jóvenes maduros y niños, incluso, cuya madurez sería deseable que la poseyeran muchos venerables ancianos.

Obviamente en el parloteo de las personas siempre hay algo de verdad. Quiero decir que no yerran de calle, pues, en efecto, el tiempo guarda una estrecha relación con la madurez, ya que a medida que más edad se tiene, mayor es la cantidad de experiencias a las que se ha estado expuesto y éstas cuando se asimilan nos hacen madurar.

Sin embargo, la gente, algunos al menos, creen que una persona es madura cuando puede ganarse la vida, cuando no depende de otro para su sustento. Esta idea la suscriben ciertos progenitores que se sienten con el derecho de decidir por sus dependientes económicos y se les nota cuando dicen: “Si quieres hacer lo que te venga en gana primero aprende a ganarte la vida.” O ciertas parejas que juzgan de inmaduro a su complemento porque no ha conseguido trabajo. Y una vez más, no se equivocan del todo: la madurez implica autosuficiencia. Pero hay muchos inmaduros que ganan dinero y hasta mucho dinero…

(Dejé un momento esta reflexión para ir a comer y mientras empezaba por el postre, que es mi costumbre, fui asaltado por la duda de si tenía derecho a hablar de la madurez… Pues quienes me conocen, y hasta yo mismo, me consideran inmaduro. ¿Cómo si no podría hacer lo que hago cotidianamente? Sin embargo, lo que me permite cerrar este paréntesis y continuar la reflexión sobre la madurez es que me imaginé a los jueces de un concurso de belleza: jueces gordos y viejos que no podrían caminar por ninguna pasarela… ¿Por qué tendría uno que ser maduro para hablar de madurez?)

¿Pero si no son solo la cantidad de experiencias y la autosuficiencia económica lo que otorga la madurez cual será el requisito?

También se suele asociar con la responsabilidad. Se es maduro, dicen, cuando se “responde a los llamados de la vida”; sin embargo, no hay manera literalmente de no responder a estos llamados: darse media vuelta ante un problema y no enfrentarlo, también es una respuesta, aunque no sea una respuesta que nos guste.

La madurez, como puede verse, tiene muchas aristas y como cualquier asunto es un pez muy escurridizo que difícilmente se puede atrapar en un concepto. No obstante, hay tal vez una fórmula que permite acercarnos al corazón de este asunto y entenderlo -a mi juicio- de la mejor manera: se trata de un dicho popular que inscribe la madurez en el campo de la toma de decisiones. “No hay que perder lo más por lo menos”. Esta sentencia me persuade por lo mucho que implica: entender que en la vida uno no puede salirse con su deseo completo, que es forzosa la negociación para alcanzar cualquier meta y que uno pueda ser capaz de distinguir lo principal de lo secundario.

Cuando uno es capaz de aceptar que no habrá de alcanzar todo lo que quiere y que no debe azotarse por eso, porque la vida no da para más y puede, pese a ello, estar contento. Cuando uno consigue llegar a conformarse con este “asco”, que indudablemente es un nivel de conciencia, ha alcanzado la madurez.

Tw @oscardelaborbol

SINEMBARGO.MX

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