1437675715_471847_1437676237_noticia_normalLa NBA recluta a un base del Murcia, a un ala-pívot del Sevilla o a otro del Gran Canaria. La voracidad de las franquicias no se circunscribe ni a figuras contrastadas ni a grandes clubes, a los que compiten en la Euroliga. Si ponen el ojo en un base brasileño de 23 años como Raulzinho Neto (Utah), a un pívot caboverdiano también de 23 años como Walter Tavares (Atlanta) o a un ala-pívot letón que cumple 20 años la próxima semana como Kristaps Porzingis (New York), les echan el lazo, avalados por los informes de la legión de ojeadores que escrutaron sus cualidades desde que eran chavales y mientras se han fogueado como profesionales.

Está probada la capacidad de la NBA para hacerse con los servicios de jugadores de equipos de primer nivel en Europa como Nemanja Bjelica (Fenerbahçe-Minnesota), Hezonja (Barcelona-Orlando), Pleiss (Barcelona-Utah), Osman (Anadolu Efes-Minnesota), Marjanovic (Estrella Roja-San Antonio) o, la pasada temporada, Nikola Mirotic (Madrid-Bulls), Papanikolaou y Dorsey (Barcelona-Houston), entre otros. Los tentáculos de la NBA escarban cada vez más hondo, hasta jugadores como los citados Neto, Tavares y Porzingis o el brasileño Lucas Nogueira, que el pasado curso dejó el Estudiantes por Atlanta.

Llull y el Madrid, un caso inusual

La experiencia de Sergio Llull no ha seguido las pautas propiciadas por el influjo económico y competitivo de la NBA. Houston Rockets, que la pasada temporada disputó la final de la Conferencia Oeste, le ofrecía 24 millones de dólares por tres años. Llull mejoró su contrato con el Real Madrid, con una ficha anual de 2,5 millones de euros, y lo amplió hasta 2021. “A mí, la NBA no me quita el sueño”, afirma el jugador menorquín de 27 años. Es una frase que repiten varios de sus compañeros.

El Madrid ha conseguido en los despachos una gestión poco común. Apostó fuerte por el regreso de Sergio Rodríguez en 2010, cuando el cartel del base canario en la NBA había encogido en su última etapa con los Knicks. Apostó igualmente por Rudy Fernández, cuando el mallorquín decidió regresar a Europa, primero a raíz del cierre patronal en 2011, y meses después de manera definitiva tras su etapa con los Denver Nuggets. El equipo de Pablo Laso ha preservado su columna vertebral, aunque hace un año no pudo retener a Nikola Mirotic, que fichó por los Bulls. Sin embargo, el Madrid contrató al mexicano Gustavo Ayón, procedente de Atlanta Hawks. Ahora, el club madridista ha decidido no renovar al pívot tunecino Salah Mejri, que tiene una oferta de la NBA.

El fenómeno se ha acelerado. La pasada temporada, la NBA empezó con un récord de 101 jugadores no estadounidenses, más del doble que en 2000-2001. Alfredo Salazar, secretario técnico del Baskonia, uno de los clubes que más jugadores ha exportado a la NBA, analiza: “Ellos han bajado mucho su nivel. Cuentan cada año con los 10 o 12 mejores universitarios, que suelen ser muy buenos; pero a partir de ahí, bajan. Antes, sus segundas rondas del draft tenían nivel para jugar en la Euroliga o en clubes importantes. Ahora, ofrecen más dudas. Por ahí entran los españoles”.

Kobe Bryant agitó el debate: “Los europeos son más hábiles. Han aprendido a jugar de forma correcta desde muy jóvenes. Tenemos que enseñar a nuestros niños. La AAU (Asociación de Baloncesto Aficionado de Estados Unidos), es horrible. No enseñan en absoluto a nuestros chavales como deben jugar. No conocen los fundamentos del juego”.

Salazar, que en su día reclutó para el Baskonia a Nocioni, Scola, Splitter, Garbajosa, Prigioni, Calderón, Macijauskas o Teletovic, ahonda en la tesis de Kobe Bryant. “Allí no miran tanto los aspectos tácticos y técnicos. Cuentan con muchísimos chavales con un talento innato y se fijan más en aspectos físicos, en su potencia, en su facilidad para correr y machacar. Hace algunos años, aquí, en Europa, era impensable contar con jugadores con el atleticismo de los de ahora”.

“La ventaja de los americanos siempre fue sobre todo física”, opina un oejador de una franquicia de la NBA. “Ahora, en Europa hay muchos más siete pies (jugadores que miden 2,13 metros), que allí. En su Liga universitaria, apenas encuentras chicos de esa altura, o bien no dan el mínimo nivel”. Chicago Bulls, por ejemplo, acaban de fichar al pívot brasileño Cristiano Felicio, un pívot de 2,10 metros de 23 años que jugaba en el Flamengo. “Es sintomático que jugadores como Prigioni, que parecía ya viejo para la élite en Europa, juega minutos importantes en equipos competitivos en la NBA”, prosigue el mismo ojeador de la NBA. “Y a la inversa. Ahora se ficha a un montón de jugadores de allá y nadie piensa que puedan marcar grandes diferencias”.

Salazar desliza otro síntoma revelador: “Antes, las universidades de Estados Unidos se llevaban a los júniors que querían. Ahora, en general, casi nadie quiere irse allá”. En cambio, los clubes de la NBA están muy bien organizados para contratar a los jugadores que les interesan. Debido a la estricta normativa de la NBA solo pueden pagar 650.000 dólares en compensación por un fichaje. Pero tienen ya muy estudiadas las fórmulas para compensar al jugador si tiene que desembolsar una cláusula de rescisión. El caso de Hezonja es paradigmático. Tenía una cláusula por la que debía abonar dos millones de euros al Barcelona. Al final, a cambio de sus derechos en Europa, se redujo a 1,6 millones. Su sueldo en los Magic la próxima temporada será de 3,1 millones de dólares, 2,8 millones de euros.

Hezonja y Pleiss, que ha rescindido su contrato con el Barcelona para fichar por Utah Jazz, son los últimos casos de una extensa relación de jugadores de la NBA con pasado azulgrana: Pau y Marc Gasol, Ricky Rubio, Ingles, Alan Anderson, Dorsey, Varejao, Ilyasova, Papanikolaou o Gary Neal. La autopista entre la NBA y el baloncesto europeo tiene dos carriles. “Como le dije a Mirza (Teletovic), para ir a la NBA tienes que haber jugado a un buen nivel en la Euroliga. No puedes ir con un contrato de 800.000 dólares, que allí es un contrato basura. Tienes que ir con un contrato alto para que el entrenador tenga la presión de darte minutos”, receta Salazar.

EL PAIS.

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