Plegarias, desesperación e incertidumbre. Así aguarda la caravana de migrantes hondureños su entrada a México para continuar al norte.

Cientos de inmigrantes hondureños cierran los ojos y levantan las manos hacia el cielo. “¡Humíllense, Dios los quiere humillados! ¡Oremos, oremos porque esta noche dormirán en territorio mexicano!”, grita un predicador. “¡Amén, amén!”, contesta Julio César Ulloa, de 35 años, con los ojos llorosos. “¡Lo vamos a lograr, hay que estar unidos, raza!”, afirma justo en la mitad del puente que divide a México de Guatemala y que se alza sobre el caudaloso río Suchiate, en medio de un calor sofocante y de un mar de gente. Algunos no han aguantado la espera y se han lanzado a las aguas para avanzar en su camino hacia Estados Unidos.

La caravana ya ha derribado la valla de la aduana guatemalteca y algunos han pasado al lado mexicano, pero la mayoría aún permanece varada en el puente fronterizo. La euforia se convirtió rápidamente en desesperación e incertidumbre tras el altercado que se vivió en la parte más adelantada del contingente. Padres angustiados retrocedían hacia Guatemala, con sus niños a cuestas, envueltos en sus brazos o agarrados de la mano después de que las autoridades mexicanas lanzaran gas pimienta para responder una agresión a pedradas.

“¡Hay que calmarnos, raza! Unos porros lanzaron piedras a los policías, dejen pasar a los niños, por favor”, grita Cristian Palma, de 19 años. Decenas de personas, sobre todo niños, recibieron atención médica este viernes por deshidratación, confirma la Cruz Roja de Guatemala. La organización ha ofrecido cuidados prehospitalarios a más de 900 personas y apoyo psicosocial a casi 1.785 migrantes de la caravana en la última semana.

Las autoridades mexicanas han dado prioridad a mujeres y a niños para solventar los trámites migratorios. El secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete, ha dicho que unos 200 migrantes han tramitado su ingreso y esperan la entrada de otros 6.000. La caravana es tan densa y tan extensa que las noticias y los rumores se esparcen como pólvora: “Están deportando”, “solo están dejando pasar con permiso”, “las filas no están avanzando”. Muchos no entienden con claridad los trámites para las solicitudes de refugio ni que tardan 45 días como mínimo, incluso varios meses. México es la primera frontera formalmente cerrada a la que se enfrenta la caravana, sin que baste una credencial para caminar sin contratiempos, a estas alturas se habla ya de visas y permisos de tránsito.

“Estoy desesperado, me vine a ver otras opciones, pero es un rifón”, relata Henry Martínez, de 33 años, a unos metros de la orilla del río Suchiate. Él y otros 10 migrantes hondureños barajan la opción del brinco ilegal, después de haber esperado casi 24 horas en Tecún Umán. Son solo 10 quetzales (poco más de un dólar), pero el río está crecido y es bravo. “Vamos a ver, no lo hemos decidido”. El dilema es claro: unos apuestan por la paciencia, otros quieren buscarse la vida. “Si es necesario, nos quedamos toda la noche en el puente, vamos a dormir en el suelo, no importa”, asegura en cambio Delmar Rodríguez, de 22 años. “Nos quedamos sin dinero, no nos queda de otra que cruzar por aquí”, explica Patrick Rodríguez, su gemelo.

Tecún Umán, en el extremo guatemalteco, es otra ciudad a la de esta mañana. Ya no existe ninguna barrera que derribar, el paso fronterizo está completamente abierto. Atrás quedaron las escenas del cerco policial que contenía a la caravana, de la plaza principal donde no cabía un alma, del portazo a la aduana, de los migrantes que corrían y gritaban a todo pulmón por el puente fronterizo. Ahora es momento de replegarse, de llevar comida y agua para hacer frente a la espera.

El puente se ha convertido en un albergue gigantesco y el río concentra ahora toda la tensión. Y aunque el grueso de la caravana está varada entre dos países, la responsabilidad ya está del lado mexicano, pese a que el flujo de migrantes en tránsito por Guatemala no ha se ha acabado. “Estamos esperando, hay más que todavía no han llegado y vamos a seguir… juntos”, afirma Santiago Maldonado, de 22 años, mientras toma un respiro y pasea en el centro de Tecún Umán con un mástil de dos metros con las banderas de Honduras, Guatemala y México. “Puse la mexicana hoy, para allá vamos”, agrega convencido.

“¿Qué va a pasar? Solo Dios sabe”, dice dubitativo Ulloa, que vivió cinco años en Florida y cinco años en Carolina del Norte. Después de haber sido deportado hace menos de un año busca una segunda oportunidad en Estados Unidos. “Pero por lo que he visto hoy, él ya nos está abriendo las puertas”, agrega esperanzado.

 

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