1_fearpoliticsSi el temor es uno de los pilares del poder, el poder político, que es la quinta esencia del poder, tiene que saber manejarlo. Así ha sucedido durante toda la historia de la humanidad y una de las grandes virtudes de la democracia es ser una eficaz desactivadora de este mecanismo. Tácito fue quizás el primero en reconocer, de manera sistemática y con gran clarividencia, el papel eminentemente político del miedo en el despotismo imperial, poniendo en evidencia sus mecanismos y sutilezas en la práctica diaria del gobierno y en la psicología de cada individuo y del gentío. Acabo de regresar de Florencia, a donde fui dado mi interés por Maquiavelo. El siglo XV florentino fue la culminación de la política como el ejercicio del poder sin contemplaciones. Maquiavelo fue su analista. Cree que el príncipe debe ser temido y querido, pero que si se tiene que escoger, es mejor que sea temido. “Los hombres vacilan menos en hacer daño a quien se tiene que querer que a quien se tiene que temer, porque el amor emana de una vinculación basada en la obligación, que (por la maldad humana) queda rota siempre que la propia utilidad dé algún motivo para hacerlo, mientras que el temor emana del miedo al castigo, que nunca te abandona”. Añade una cosa más: “hacerse querer es más difícil e incierto. En cambio, hacerse temer es muy fácil”.

Hobbes fue un gran legitimador del miedo en la política. Según él, es el sentimiento civilizador más profundo. El miedo madurado en razón es el mejor fundamento del Estado civil. El miedo no razonado es el terror, que dispersa a los hombres en lugar de unirles, como hace aquel. Al disminuir el miedo a la muerte, toda seguridad excesiva estimula la vanidad, el orgullo, la presunción y la propensión a satisfacer el propio interés en detrimento de otro, todos estos factores que debilitan el pacto colectivo de unión y subordinación. Esto me recuerda que los ifaluk, un pueblo que vive en un atolón sometido a las fuerzas descomunales de la naturaleza, según nos explicó Catherine Lutz no tienen problemas en confesar su miedo, porque la cobardía les parece moralmente buena. Una persona que declara su miedo –sea rus (“pánico”, “sorpresa”) o metagu (“miedo”, “ansiedad”)- está diciendo a sus vecinos: “Soy inofensivo, soy una buena persona”.

Los políticos han usado muchas veces el miedo para unificar y enardecer una nación. El miedo y el odio son cementos rápidos. Las conspiraciones, los enemigos poderosos, las amenazas reales o ficticias, unen mucho. Hay, además, una conocida ley sociológica según la cual cuando una sociedad tiene miedo, aspira a tener un brazo fuerte que la salve, y está dispuesta a cambiar libertad por seguridad. Eleanor Rossevelt explicaba la penosa impresión que le produjo el hecho que, durante el discurso de investidura de su marido como presidente de Estados Unidos, la multitud aplaudiera fervorosamente cuando afirmó que si la situación lo requería estaría dispuesto a solicitar poderes extraordinarios. Esto revelaba que el miedo facilita la tentación totalitaria y que inducir el miedo facilita el ejercicio del poder político.

Kurt Goldstein, un psicólogo que conocí a través de Merleau-Ponty y que fue un testigo de la época hitleriana, escribió: “No existe mejor manera de esclavizar a la gente y destruir la democracia que crear en las personas un estado de miedo. Uno de los pilares básicos del fascismo es el miedo”. En parte, este miedo se basa siempre en un engaño. Niklas Luhman define el poder como “la posibilidad de reducir la información del otro”. La ignorancia es fuente de temores, como ya he afirmado repetidamente, y, por lo tanto, facilita el ejercico del poder. Spinoza lo expresó con elocuencia: “El gran secreto del régimen monárquico –es decir, no democrático (JAM)- y su máximo interés consiste en mantener engañados a los hombres y disfrazar, bajo el engañoso nombre de la religión, el miedo con el cual se les quiere controlar, con el objetivo de que luchen por su esclavitud como si se tratara de su salvación, y no consideren una ignominia, sino el máximo honor, dar su sangre y su alma por el orgullo de un solo hombre. Contrariamente, en un Estado libre, no se podría imaginar ni intentar nada más absurdo”.

Por José Antonio Marina (Extracto del libro Anatomía del miedo. Un tratado sobre el coraje Anagrama/Empúries, Barcelona,)

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