Desde hace años, varias voces han advertido de las nupcias del crimen y la política. Los partidos políticos y la élite económica poco hicieron para acotar esa amenaza, no solo a la tambaleante democracia mexicana sino al mismo sistema político. Hoy la violencia campea y la epidemia del capitalismo salvaje erosiona al propio núcleo del poder de la República. Lo grotesco de las alianzas a las que asistimos o de las que participamos, es una manifestación de ello.

Los ciudadanos quedamos atrapados en esas incongruencias y contradicciones que expresan la incapacidad que hemos tenido para demarcar las lógicas e intereses de las localidades y regiones, frente a la clase política asentada en la capital de la República. Las decisiones autoritarias y centralistas provienen ahora de toda la partidocracia; filtrada por el crimen, voltean la cabeza cuando se les señala que los aliados elegidos en tal lugar no representan a los ciudadanos y menos un proyecto democrático, sino que forman parte de redes criminales que usan la política para fortalecerse.

En estas condiciones vamos a las elecciones del 2018. Desde ya, y desde antes, todo se vale.

Lo que el Gobernador Corral ha expuesto es solo un botón de muestra del deterioro del sistema político en nuestro país.

Las traiciones, los embustes, la incapacidad de acordar un proyecto ciudadano que recoja la diversidad de la República, la erosión de la justicia, la derrota del lenguaje político, reducido este a una anquilosada demagogia, resumida en la frase que todos aplican: “vamos a cambiar la historia”, más desproporción de egos e ignorancia, se suman a los insultos y amenazas propios de las redes.

No hay cultura política en estas elecciones, sino la asfixia de quienes se rindieron a un pragmatismo exacerbado.

No obstante se multiplican los ciudadanos que sin importar partido político identifican las estrategias necesarias para poder retomar el camino de la nación, a partir de las condiciones locales. Buscan dar claridad a un proceso confuso que las elites centralistas pretenden imponer. Y es aquí, donde potencialmente se puede reconstruir la democracia extraviada.

Lo cierto es que los tres partidos que mal que bien estructuraron el paso del modelo autoritario al de una democracia a medio colapsar, están fracturados y debilitados.

El PRI quemó tempranamente las naves históricas de su propio discurso y quedó sujeto al éxito y vaivenes del mercado global en un territorio que puso en venta y en muchos casos acogió al crimen; el PAN olvidó sus tradición que le hacía ser un actor estratégico para un balance democrático acotado a la administración del estado por el mercado, una proyección megalómana lo terminó de resquebrajar; el PRD se desintegró al confundirse con organizaciones criminales en las localidades; Morena surgió, y su debilidad estructural al depender de un liderazgo carismático advierte de grandes limitaciones potenciales.

Con esas fuerzas políticas donde diversos actores pasan de una a otra buscando sobrevivir, el país se orienta a una batalla electoral cargada de presagios negativos.

Los independientes lleguen o no  a la boleta, serán actores testimoniales que más allá de sus diferencias y suerte señalan esa urgencia democrática de caminar sin los grilletes impuestos por un INE sometido a fuerzas no ciudadanas.

No se necesita una bola de cristal para pronosticar el posible colapso político que en estas condiciones se avecina para el país.

Ojalá los ciudadanos desde las regiones y localidades tengan la fortaleza y capacidad para darle sentido a un proceso desvirtuado de origen.