Una cooperativa de mujeres indígenas oaxaqueñas lucha por trabajar de forma independiente y logra cambiar las rígidas reglas de su comunidad.

“Cuando nosotras empezamos la cooperativa, la mayoría de las mujeres del grupo nunca habían ido a la escuela, o las que fueron, solamente estuvieron dos años porque no les llegaba el dinero, o por la costumbre de que la mujer no estudie. Los padres y abuelos decían que no era necesario, lo importante era que aprendiera a cocinar, el colegio era solo para los hombres. Ahora muchas estudian, ya están empezando a recibir sus carreras” cuenta Pastora Gutiérrez Reyes con voz de satisfacción.

Su sonrisa cándida y amable esconde más de dos décadas de lucha por los derechos de la mujer dentro de la comunidad indígena zapoteca de Teotitlán del Valle, en Oaxaca. Situada en el sur de México, esta población de poco menos de 6.000 habitantes es conocida en todo el mundo por sus telares y sus técnicas tradicionales de tejido. Y allí, junto a su madre, su abuela y otras tres mujeres de la comunidad, Pastora fundó a mediados de los años noventa Vida Nueva, una cooperativa de campesinas y tejedoras que aboga por su independencia económica y sus derechos, además de realizar proyectos que benefician a todos los habitantes del pueblo.

En Teotitlán del Valle, como en muchas otros pueblos indígenas del país, la vida pública se rige por el sistema conocido informalmente como de usos y costumbres. Enmarcado dentro de la Constitución Política mexicana, este permite a las comunidades mantener sus propias formas internas de convivencia y organización, muchas de las cuales datan de la época prehispánica.

“Nosotras empezamos en una situación de desigualdad, predominaba el machismo porque es un pueblo de usos y costumbres”, apunta Gutiérrez Reyes. La única oportunidad que teníamos de estar juntas y hablar era mientras cocinábamos en celebraciones. “No fue fácil, porque teníamos un poquito de crítica; no por nuestros esposos, porque no tenemos: las mujeres que empezamos este grupo éramos madres solteras y viudas. Pero nos criticaban, decían que éramos muy rebeldes y que no teníamos respeto, que la mujer solo debía estar en casa. Aún así, nuestra necesidad era tan grande que a pesar de las críticas continuamos reuniéndonos”.

El lugar de encuentro era y sigue siendo la casa familiar de las Gutiérrez Reyes, donde reciben a los visitantes y donde está su telar. Allí escucharon en la radio que el Gobierno ofrecía financiación para las mujeres campesinas de las comunidades y postularon. “Nunca habíamos ido a la ciudad, éramos como niñas, agarradas de la mano para cruzar la calle”. Consiguieron los fondos, pero no tuvieron los medios para gestionarlos. “Para devolver el dinero tuvimos que vender nuestro puerco, nuestros aretes…”. En ese mismo viaje, conocieron a una mujer que trabajaba en derechos humanos y las ayudó. “Ella nos dijo que podía venir a la comunidad a darnos talleres sin que nosotras saliéramos a la ciudad”. Y ese encuentro fortuito lo cambió todo.

Los talleres que la ONG Grupo del Apoyo a la Educación de la Mujer impartió en Teotitlán incluían lecciones sobre cómo organizarse y cómo pensar conjuntamente para tener una visión común. Tras estos vinieron otros de equidad, género y de derechos de las mujeres, seguidos de cursos de manualidades y repostería. “Empezamos a llevar al mercado del pueblo las tortillas, velas, bordados… Y hasta el día de hoy, esto ha sido una fuente de ingresos y supervivencia. Cada una ya puede ganar su dinero y administrarlo, pero tuvimos que pasar muchas cosas antes de esto”.

Estos talleres las animaron a presentarse ante la autoridad municipal como grupo formal, hasta entonces terreno exclusivo de los varones. “Cuando llegamos murmuraban, veíamos el asombro de los hombres, y nos costó tiempo aprender a tener valor y seguridad para votar. Después, la autoridad nos daba mucha confianza, nos decían ‘mujeres ¡voten, las invitamos a participar!’, y gracias a esa autoridad empezamos a hacerlo”.

Tejer era un oficio tradicionalmente desempeñado por hombres. Ellas empezaron en el año 2000 y meses después la misma ONG las puso en contacto con una escuela de español para extranjeros y así consiguieron sus primeros clientes, principalmente estadounidenses.

En sus reuniones mensuales cada mujer aporta cinco pesos para la caja de ahorros y todas las tejedoras que hayan vendido alguna pieza tienen que hacer una pequeña donación. Cada año, con ese dinero hacen proyectos que benefician a la comunidad. El primero consistió en comprar juguetes para los niños del pueblo. El segundo fue hacer estufas ecológicas con el apoyo de un voluntario. A estos le siguieron otros, como el de instalar cubos de basura en el pueblo —por entonces no había un camión recolector como hay ahora—, con explicaciones sobre cómo separar la basura o las cestas con arroz, frijoles y aceite que llamaron Regalos de Amor y que entregaban a ancianas sin recursos. Dos de sus últimas acciones fueron instalar purificadoras de agua y también plantar 400 árboles en terreno comunitario tras recibir el apoyo y permiso de la autoridad.

El cambio que Pastora y sus compañeras iniciaron hace 20 años es visible en Teotitlán del Valle. El colectivo está formado actualmente por 14 mujeres —dos de ellas casadas—, y está completamente integrado en la comunidad. 2017 ha sido el primer año en el que ha habido regidoras en la presidencia municipal y ya hace más de un lustro que las jóvenes trabajan como asistentes, algo insólito. Vida Nueva es un ejemplo de actualización de ese sistema de organización de usos y costumbres para que ellas tengan derechos reales y no solo teóricos, pues no hay que perder de vista que el artículo 20 de la Constitución del país, refiriéndose a las sociedades de usos y costumbres, dice que “hay que respetar los derechos humanos y, de manera relevante, la dignidad e integridad de las mujeres”.

 Fuente: El País.

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