Pobreza, enfermedad, olvido de los otros hijos… Más de tres años después de la desaparición de los 43 estudiantes, un grupo de psicólogos analiza las consecuencias

Más pobres, más enfermos y más solos. Casi cuatro años después hay muchas dudas sobre lo que sucedió aquella noche de septiembre de 2014 con los 43 jóvenes de Ayotzinapa, pero muy pocas sobre lo que sucedió después.

Y lo que ocurrió es que las familias de los chicos —pobres y campesinos del Estado de Guerrero, al sur de México— empobrecieron más y los que estaban enfermos se pusieron peor.

Paralelamente en estos años han aparecido nuevos traumas, como desapego hacia los otros hijos y un profundo desprecio hacia cualquier cosa que proceda del Estado; desde dinero a explicaciones.

Estas son algunas de las conclusiones del informe Yo solo quería que amaneciera, impactos psicosociales del caso Ayotzinapa, coordinado por las organizaciones de Derechos Humanos Fundar, Agustín pro Juárez y Tlachinollan. El informe, de más 500 páginas, es el resultado de un año y medio de entrevistas de un grupo de psicólogos y antropólogos al círculo más cercano de los 43 estudiantes.

Una de las conclusiones es que prácticamente todos los padres viven dos traumas hasta ahora desconocidos para ellos: la “culpa del superviviente” o el “duelo congelado”, que los psicólogos definen como la imposibilidad de pasar página.

“Ya se vendió todo, todas las poquitas cosas que tiene uno”

La pérdida no puede ser considerada como definitiva debido a la falta de una prueba de realidad como es conocer la verdad real de lo que sucedió aquella noche o tener los restos de sus hijos para cumplir los rituales y concluir el proceso de duelo, señala el informe publicado este miércoles. Ni siquiera hay un lugar donde poder ir a llorar al hijo perdido y “cada día es igual al anterior”, lamenta en una de las entrevistas una de las madres de los 43, cuyos nombres se han ocultado para garantizar la confidencialidad de las confesiones.

Otra de las traumáticas consecuencias tiene que ver con el daño intrafamiliar causado después de más de tres años de infatigable búsqueda. Algunas madres desarrollaron un doloroso desapego hacia el resto de sus hijos.

“La muestra del amor hacia un hijo [buscar al desaparecido] implica no mostrar su amor como padres a los otros hijos [en este caso, a la hija con un bebé recién nacido]. Eso genera no solo un sentimiento de culpa que, en este escenario de búsqueda, no encuentra descanso, sino también de enojo, coraje, de tristeza y de angustia”, señala el informe.

Al mismo tiempo que esto sucedía, todas las familias se han empobrecido y/o se han enfermado. “Ya se vendió todo, todas las poquitas cosas que tiene uno, pues es un año y medio, llega el momento que te desesperas porque tienes que ir a hacer otras cosas y no hay dinero y tienes que hablarle por teléfono a tu familia: “Oye lo que me están regalando, depositando o me están ayudando no me alcanza”, relató uno de los padres. ”Vende esto, vende el otro, vas dando lo poco, porque el tiempo y el que los dos, la mamá y el papá, estén viviendo allá [en la escuela Normal] pues es muy difícil”, añadió otro.

Gran parte de la culpa del deterioro de su vida la tiene la falta de respuesta del Estado y la forma en que la fiscalía ha conducido la investigación. Los psicólogos reprochan al Estado “actuaciones revictimizantes, como la estigmatización de las víctimas derivadas de señalamientos sin fundamentos de que [los estudiantes] tendrían relación con grupos de la delincuencia organizada, y sobre todo, de la difusión de la versión oficial de los hechos sin sustento científico, según la cual habrían sido privados de la vida e incinerados en el basurero de Cocula, posteriormente refutada por un peritaje presentado por el Grupo de expertos (GIEI)”.

Según el informe, “las instituciones encargadas de garantizar los derechos de las víctimas se han convertido en un factor de estrés adicional debido a la falta de procedimientos claros y las dilaciones atribuidas a cuestiones administrativas de la Comisión de Atención a Víctimas. Estos hechos constituyen una secuencia traumática que ha profundizado el dolor de los familiares”, denuncia el documento en el que han colaborado el escritor Juan Villoro y Naciones Unidas.

Entre los aspectos positivos, se destaca la respuesta organizada y de apoyo mutuo entre los estudiantes, así como la solidaridad de los habitantes de Iguala, que los resguardaron en sus casas la noche de los ataques.

“Mantener vivo el recuerdo de Julio César [el joven al que desollaron antes de llevarse al resto] es una semilla para cambiar a México”, le contó su hermano al psicólogo. “Ayotzinapa fue la gota que derramó el vaso, ¿cuándo se iba a saber de las fosas clandestinas que había en Iguala?, ¿cuántas víctimas hay que no se ha esclarecido su muerte?. Aunque seguimos en la impunidad, todo hubiera sido peor”, resumió sobre estos tres años.

Fuente: elpaís

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