“El PP debe desempeñar un nuevo papel en el siglo XXI”, ha dicho la canciller alemana, Angela Merkel.

Conservadores y socialdemócratas, antes las dos fuerzas hegemónicas y rivales de Europa, están de acuerdo en una cosa: las opciones políticas más radicales les están robando a buena parte de su electorado. Con la pérdida del Gobierno en España como último episodio de ese deterioro, la democracia cristiana europea se congregó este miércoles en Múnich para reflexionar sobre el futuro del proyecto comunitario, pero también sobre el de esa familia política, hoy aglutinada en el Partido Popular Europeo (PPE). “Tenemos que trabajar juntos para desempeñar un nuevo papel en el siglo XXI”, instó la canciller alemana, Angela Merkel.

Croacia, un país pequeño y de reciente incorporación a la Unión Europea, encarna la principal historia de éxito del conservadurismo moderado en Europa. Las llamadas jornadas de estudio que el PPE celebra hasta este jueves en la capital bávara han recibido al primer ministro de ese país, Andrej Plenkovic, casi como un héroe. Especialmente por las herramientas que empleó para ganar las elecciones en su país en 2016. “Mi mensaje consistió en apartarme absolutamente del populismo, en explicar que tenemos que gastar menos de lo que ganamos y en apelar al efecto positivo de la UE para nuestros ciudadanos”, enumeró Plenkovic a su llegada a la conferencia alemana.

Aunque la mejor carta de presentación de este partido europeo sigue siendo Angela Merkel, el guiño hacia Croacia como guía de futuro evidencia que el PPE está falto de escaparates. En Bruselas, esta familia política aún vive el espejismo de ser dominante. Los tres presidentes de las grandes instituciones (Comisión Europea, Consejo Europeo y Parlamento) pertenecen al Partido Popular Europeo. La realidad nacional, sin embargo, es mucho más cruda. Salvo Alemania, donde la democracia cristiana de Merkel ha perdido terreno pero gobierna en coalición con los socialdemócratas, ninguno de los grandes países de la UE cuenta con esta fuerza en sus Ejecutivos.

Si se amplía el foco, la situación no es mucho mejor. El PPE lidera el Gobierno en Austria —en coalición con la ultraderecha—, en Hungría —con el ultranacionalista Viktor Orbán al frente— y en algunos países pequeños, sin grandes dificultades (Irlanda, Croacia y Chipre). Además, un partido antinmigración afiliado a esta marca acaba de ganar las elecciones en Eslovenia, aunque queda por ver si gobernará. El resultado es que su huella pierde peso en el mapa europeo.

En medio de este turbulento escenario, el presidente del grupo político popular en la Eurocámara abogó por una vía inexorable para recuperar el terreno perdido. “Tenemos que combatir el extremismo en Europa. Y el PPE es el grupo político que puede hacerlo”, proclamó Manfred Weber, que poco antes había lamentado la derrota del Gobierno de Mariano Rajoy en España y había expresado “admiración” por su legado. A su lado, Merkel aludió a uno de los retos que considera más importantes para el proyecto europeo: “El mundo se está volviendo cada vez menos transparente y menos claro”.

El gran desafío que presidió la intervención de Merkel ante miembros de su partido y expertos fue la migración. “Seré franca: si no somos capaces de encontrar una respuesta común a la migración, está en cuestión la propia fundación de la Unión Europea”, sentenció. Sin aludir expresamente a nadie, la canciller lamentó la falta de un sistema común de asilo e hizo un llamamiento a “cooperar más”.

Fuera de cámara, durante el debate interno de los políticos populares, emergió la principal espina que tiene clavada esta formación europea: la pugna entre las fuerzas más radicales y las moderadas. Algunos miembros de Fidesz, el socio húngaro de esa familia europea y el más exitoso en las urnas, afearon a la canciller lo que entendían como críticas hacia ellos. Merkel dijo no objetar la gestión que hace Hungría de sus fronteras exteriores, pero sí la falta de solidaridad para acoger a refugiados. La líder alemana les reprochó que se estén negando “a acoger a víctimas de una guerra civil”, en referencia al conflicto en Siria, según explican fuentes conocedoras de esa intervención restringida.

El choque de posturas dejó claro el gran dilema que afronta el Partido Popular Europeo ante el auge de esos discursos extremistas en su propio seno. Algunas fuerzas, como los conservadores holandeses, proponen ya abiertamente expulsar a Fidesz de la formación europea. Pero otros, con Merkel —aún— a la cabeza, siguen defendiendo que expulsarlos solo radicalizaría esos postulados.

Desconfianza

Las dificultades para convencer a los votantes de que las recetas simples resultan inútiles frente a problemas complejos no solo preocupa a los políticos. “¿Por qué los votantes básicamente desconfían de cualquier mensaje?”, se preguntó Ivan Krastev, presidente del Centro de Estrategias Liberales, una casa de análisis con sede en Bulgaria. Este experto en cuestiones europeas alertó: “Nunca el apoyo a las opciones radicales fue tan elevado”.

Por si los desafíos internos no bastasen, los conservadores —y Europa en general— afrontan una situación insólita en el juego de equilibrios internacionales. “Nos enfrentamos a una gran tensión, interna y externa. Hay una falta de previsibilidad absoluta entre aquellos que considerábamos nuestros amigos”, constató Wolfgang Ischinger, presidente de la Conferencia de Seguridad de Múnich, que cada año reúne en esa ciudad a los actores clave de la seguridad mundial. Por si quedaba alguna duda, Ischinger añadió: “Estoy hablando, por supuesto, del presidente Donald Trump”.

Fuente: El País.

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