Comenzaron a salir en 2006 y en mayo de 2010, tras cuatro años juntos, se casaron ante la llegada inminente de su primer hijo

Tres horas al teléfono. Es el tiempo que necesitó Vanja Bosnic para enamorarse de Luka Modric, el último ganador del ansiado Balón de Oro. Seis años después, Vanja saltaba al césped del Bernabéu junto a su marido y su primer hijo, Iván, quien actualmente tiene ocho años. Años más tarde la pareja amplió la familia con la llegada de Ema, de cinco años, y Sofía, de uno.

Ojos verdes, melena rubia y una figura muy trabajada, Vanja Bosnic, natural de Croacia y de 36 años, cada evz que aparece en un acto público capta tantos flashes como su marido, de 33. Ella discreta y él tímido.

Economista de formación, se ha curtido entre agentes deportivos, esos que cierran contratos millonarios de madrugada. Trabajó durante años en la agencia del antiguo representante de Modric. Allí tuvo lugar la maratoniana conversación telefónica. Cuestión de negocios. Hablaba con muchos de los jugadores del Dinamo de Zagreb, entonces club del croata, y le tocó él. En realidad durante la llamada no hubo nada interesante, tan solo una actitud al otro lado: «Me enamoró su humildad».

El azar llevó al amor y el resto del partido se resolvió sin interrupción. Comenzaron a salir en 2006 y en mayo de 2010, tras cuatro años juntos, se casaron ante la llegada inminente de un bebé que ya tocaba a las puertas del mundo: el 6 de junio nació el pequeño Iván. Aquel «penalti» no fue ningún problema. Siempre consideraron la boda como una «formalidad». «No nos importa tanto tener un papel y un anillo», comentaba la economista en una entrevista a la revista croata «Gloria» en 2012. Los viajes de Luka a Londres hacían mella en la pareja (ella quería dar a luz en Croacia), pero todo se resolvió. Y un año después del enlace civil repitieron la ceremonia por el rito católico. 300 invitados en la catedral de Zagreb. Luego de vuelta a Londres, porque Vanja y el pequeño siempre acompañaban al jugador allá donde iba.

«Luka es celoso, tanto como debe ser un marido. Y respecto al deporte, soy su mayor crítica», comentaba la economista en 2008 sobre el chico al que solo se le conoce un capricho: conducir su BMW y la casa, compartida con sus padres, que compró en Zadar, la ciudad donde se crió.

Una «wag», acrónimo para las mujeres y novias de los jugadores, el otro vestuario en el que militan Pilar Rubio, Emma Rhys-Jones o Erika Choperena, entre muchas otras. Pero ella resulta una total desconocida. Ni en Londres, cuando su marido jugaba en los Spurs, los tabloides se percataron de su presencia.

Desde el año 2012, cuando su marido pasó a formar parte del Real Madrid de adapta a la vida en España. Al principio siguieron la rutina habitual del club blanco y se alojaron en el lujoso hotel Mirasierra, en Madrid, mientras buscaban su actual casa ubicada en La Moraleja.

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