Suman 650 millones y es evidente que el desarrollo socioeconómico y político de África solo será posible a través de la participación de sus mujeres y de la igualdad de oportunidades. Muchas ya lo saben y lo pelean cada minuto.

Lo dice una de las ocho africanas aquí entrevistadas, la peluquera Khadi Mbaye, dejando caer su cuerpo soberano sobre el sillón: “Soy una dama de hierro”. Lo es. Ella y 650 millones más, la mitad de los 1.300 millones de habitantes que tiene hoy África. “Nunca me ha gustado pedir, quiero conseguir las cosas por mis propios medios”, declara.

Cierto es que no hay viaje a terreno en África, no hay evento allá o acá, conferencia o encuentro en que una no quede impresionada con la determinación de estas mujeres, si se tiene en cuenta el contexto en el que la mayoría vive. Con su fortaleza, si se considera que en el continente se encuentran los 20 países menos desarrollados del planeta. Con su entereza, si recordamos que hay conflictos enquistados donde ellas son claro y fácil objetivo de guerra; que la tradición las mutila de niñas allá donde más duele; que están por costumbre y patriarcado obligadas a realizar tareas del hogar, a cargar con el abastecimiento del agua sobre sus cabezas, a casarse antes de tiempo, a moler el maíz con sus manos, a cuidar a otros y olvidarse de sí… “Nunca quiero pararme donde estoy, en cuanto consigo algo, empiezo a pelear por lo siguiente”, afirma otra de las entrevistadas, la influyente Adiara Sy, inspectora de Educación hoy y ferviente defensora de la educación igualitaria.

Sorprenden siempre, más si nos detenemos en el hecho de que suelen estar cargadas de hijos (con una variación por países amplia, desde dos por mujer en Seychelles o Marruecos a seis en Níger o Somalia). Que manejan parte de la economía informal del continente; y en la agricultura, el 80% de la producción se obtiene de pequeñas explotaciones y un 60% de ellas están gestionadas por mujeres. Que son el grueso de la población rural, porque son muchas las que se quedan mientras el marido, el padre o los hermanos marchan o migran hacia núcleos urbanos o más allá del océano. Que suelen ser cual urdimbre que mantiene las comunidades unidas a pesar del grave daño que en lo social infligió el colonialismo. Que trabajan en redes sociales desde antes que nadie las inventara y hasta han usado sus cuerpos como herramienta de denuncia y resolución de conflictos allá por Liberia o Sudáfrica, por ejemplo, para detener guerras antes de que muchas Femen nacieran siquiera.

Africanas que construyen y avanzan, que son energía arrolladora, pero a las que los pasos les cuestan doble. Aún así, no cejan. Se aprecia en un dato: en la apuesta creciente por la educación de las niñas. “Con lo poco que tenemos intentamos hacer grandes cosas. La ausencia de dinero no es una excusa para abandonar la causa”, afirma la activista Maymuna T. Tounkara, para quien los derechos humanos y la lucha contra la pobreza infantil son lo primero. Incluso triunfar en territorios más populares, como pueda serlo el deportivo (de por sí ya bastante desigual), tiene en África un plus de esfuerzo. “Ahora muchas niñas quieren jugar al basket, ven cómo he triunfado y he podido tenerlo todo. Eso me anima a seguir”, asegura Ndèye Sène, la mejor jugadora de baloncesto de Senegal.

Han sido numerosas las africanas de las que hemos escrito en la sección (bien mirado son ellas protagonistas de casi todas las historias sobre desarrollo en África); de distinto origen y condición; de distintas áfricas (la del Norte, la oriental, la austral, la occidental, la negra, la no negra, la rica, la pobre, la lluviosa, la desértica, la indígena, la joven, la vieja, la elitista, la corrupta, la hermosa, la contaminada… ). Hemos tropezado y hablado con agricultoras, comerciantes, juezas, diseñadoras, estudiantes, emprendedoras, ciberactivistas, deportistas, parteras, cantantes, limpiadoras, artistas, pescadoras, políticas, maestras o médicos… Todas nos han dado lecciones y claves de una forma de vida o pensamiento que desde Occidente tendemos a ignorar o menospreciar (quizá porque la sola mención de la palabra África despierta el demonio de la aporafobia, que diría Adela Cortina). La última, la escritora senegalesa Aminata Sow. “Lo único que puede salvar al mundo es la educación y la cultura, el respeto por los demás”, aseguraba esta mujer de origen privilegiado que optó un día por escribir de la pobreza local (de toda ella, la económica y la espiritual) para contar desde allí la sequía universal de valores.

Así, de entre todas las posibles africanas ejemplares, hemos elegido a ocho de ellas para la celebración de este 8 de marzo. Todas son nacidas en esa ciudad que Planeta Futuro/ElPaís está siguiendo durante este año, Saint Louis, en Senegal. Son mujeres empoderadas, con un objetivo y conscientes de su poder. “Hay que creer en una misma y estar muy orgullosas de lo que somos, tenemos mucho que enseñar al mundo”, afirma la diseñadora ya internacional Rama Diaw. “Quizá cuesta más que te escuchen por joven que por mujer.”, opina por su parte Coumba Sow, responsable para la resiliencia en África del Oeste y el Sahel de la FAO. “Cuando entras en una habitación donde se celebra una reunión, si hay una mujer mayor, la gente la escucha”, dice.

Saben que se ha avanzado, sí, pero que queda mucho por hacer. Un ejemplo, la propiedad de la tierra. “Los hombres tienen la costumbre de poseer los mayores terrenos. Pero ahora los queremos nosotras también”, resume, Fatimatou Sall, fundadora de una asociación de mujeres campesinas a la que pertenecen alrededor de 2.000 de toda edad.

Sobre tal cosa, sobre su papel clave e igual en el desarrollo del continente, versó el diálogo que ayer, 5 de marzo, tuvo lugar en la sede de la Cooperación Española (Aecid), en Madrid, entre el responsable de la Agencia para el Desarrollo de la Unión Africana (AUDA-NEPAP), Ibrahim Assane Mayaki, y la presidenta de la Fundación Mujeres por África, María Teresa Fernández de la Vega, dentro del ciclo Mujeres Libres: “Hoy por hoy”, afirmó la hoy presidenta del Consejo de Estado, “todas las instituciones internacionales consideran la igualdad entre hombres y mujeres como un imperativo de justicia, moral, ético y político, y un elemento fundamental para la paz y el desarrollo económico y social”. Coincidieron ambos en que no habrá tal desarrollo sin ellas. Especialmente si no se construye desde lo local, apuntó Mayaki, sugiriendo modos de construir políticas que alienten tal proceso y pongan en valor el peso de la mujer en zonas rurales y advirtiendo del error de creer que las élites solo son cosa de las ciudades.

Tomar conciencia de la igualdad como arma de futuro es ya un costoso y enorme primer paso (y no solo en el continente). Como lo es la necesidad de tener datos fiables y actualizados que visibilicen las desigualdades de género en una zona del mundo donde conseguirlos no resulta fácil, donde faltan hasta registros de nacimiento. Conocer y documentar la realidad femenina importa, insisten en ONU Mujeres, cuyo lema para la celebración de este Día Internacional es Pensemos en igualdad, construyamos con inteligencia, innovemos para el cambio. Y así lo ha entendido desde su parcela de trabajo Fatima Fall, directora del Centro de Investigación y Documentación de Senegal, acostumbrada a lidiar con conceptos como tiempo e historia, y a reconstruir la vida cotidiana y un pasado dramático africano que habla mucho del presente. “Cuando oigo a gente que tras las elecciones [recién celebradas en el país] llama a la insurrección…”, desvela con pesar, “es porque no han presenciado lo que yo: la violencia”.

Fuente: EL PAÍS

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