El Gobierno de Mario Abdo Benítez devuelve a Brasil al capo del Comando Vermelho y destituye a toda la cúpula policial

Marcelo Pinheiro Veiga vuelve a las andadas. El narco brasileño, más conocido como Marcelo Piloto, atacó el pasado sábado con un cuchillo de postre a Lidia Meza Burgos, de 18 años, en la celda de una prisión paraguaya de alta seguridad en la que estaba recluido. Le golpeó en la cabeza y le clavó con saña el arma hasta matarla. Después de asesinar a la joven, con la que no tenía ninguna relación ni parentesco familiar —ahora la Fiscalía investiga qué tipo de vínculo les unía—, Pinheiro se sentó a esperar a que llegara algún guardia, según relataron las autoridades. Marcelo Piloto es uno de los grandes capos del Comando Vermelho, una de las organizaciones criminales más grandes de Brasil, y estaba encarcelado en Asunción desde diciembre del año pasado tras pasar una década fugitivo de las autoridades brasileñas. Tras este suceso, el Gobierno de Mario Abdo Benítez —en el cargo desde agosto— ha terminado por extraditarlo a su país de origen para no “esperar más el proceso de la Justicia” y por destituir a toda la cúpula policial.

Sus cómplices armados habían intentado sacarle de prisión al menos dos veces. La última, con un plan de película que pasaba por explotar un coche bomba frente a la puerta del presidio y que se saldó con la muerte de tres supuestos miembros de la organización criminal, abatidos a tiros por la policía paraguaya. Lo que fuera con tal de evitar su extradición a Brasil, donde el Comando Vermelho vive en guerra con el Primer Comando Capital (PCC) su facción rival. Una sangrienta pelea que ya ha extendido sus tentáculos hasta Paraguay: mientras el Poder Judicial demoraba el proceso de extradición del narco —iniciado hace 11 meses—, las muertes se iban sucediendo en el país vecino como si de plagas bíblicas con acento brasileño se tratase.

Primero, el plan del coche bomba y el fuego cruzado entre agentes y narcotraficantes. Después, la muerte a manos de sicarios de la abogada argentina Laura Casuso, que representaba a Pinheiro y que antes había trabajado con el ya mítico —y también extraditado— narcotraficante brasileño Jarvis Chimenes Pavao. Y, por último, el asesinato a manos del propio Marcelo Piloto de la joven Lidia Meza, paraguaya de origen humilde que fue enterrada el domingo sin ceremonias ni apoyo gubernamental. Diez horas después del crimen, el narco era finalmente expulsado —por sorpresa— en plena madrugada y bajo fuertes medidas de seguridad.

La cadena de negligencias y corrupción que permitió que un prisionero de alto riesgo recibiera visitas privadas es la misma que a comienzos de mes le permitió ofrecer una insólita rueda de prensa dentro de una cárcel que no es tal, según reconoció el Gobierno paraguayo tras el asesinato de la joven. En realidad, la Agrupación Especializada es un cuartel policial que funge de prisión para policías y militares, pero que ha ido completándose con prisioneros VIP como guerrilleros, narcotraficantes y también políticos corruptos que pagan a cambio de obtener privilegios. EL PAÍS recorrió las instalaciones policiales el día antes de que Pinheiro asesinara a Meza y comprobó que con que presentar un documento de identidad ya se podía acceder a las visitas privadas en las celdas.

Los reporteros se acomodaban en la mesa alrededor de Marcelo Piloto el pasado 6 de noviembre, la fecha de la citada rueda de prensa. Se colocaban detrás de él y a su lado con sus micrófonos de televisión y radio pegados a su boca y a su abdomen. Hablaban con él y retransmitían en vivo, sin filtro alguno, sus palabras, normalizando su historial criminal. Pinheiro reconoció en esa ocasión ser parte del Comando Vermelho y se vanaglorió de haber traficado con drogas y armas. Repasó, también, su punto de vista de la guerra entre facciones narcotraficantes brasileñas que ha llegado a Paraguay y que ha desatado un terremoto mediático, en medio de cuestionamientos sobre la política penitenciaria y de seguridad.

El Comando Vermelho y el PCC se disputan con otros grupos criminales el comercio de armas y cocaína que usa a Paraguay como lugar de paso. El país hispanoamericano es, además, el principal productor de marihuana de la región. El 80% de su producción tiene como destino el mercado brasileño y son organizaciones locales las que controlan el negocio.

Fuente: ELPAÍS

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