1438455424_174024_1438455690_noticia_normalComo muchas adolescentes latinoamericanas, Maria Paula, Juliana y Edivânia viven entre dos mundos. Ellas son residentes de un “quilombo” -asentamientos de los esclavos fugitivos del siglo XIX- pero estudian en una ciudad moderna, a unos 20 minutos de allí. Portalegre no es un gran centro urbano, pero tiene una escuela, comercio y los servicios que más hacen falta a las jóvenes rurales: asfalto, alumbrado público y telecomunicaciones. “Me encanta navegar en las redes sociales”, cuenta Edivânia, de 15 años, que sueña trabajar como policía. La comunidad donde han nacido las chicas, llamada Negros Felicianos del Alto, ganó en 2007 la certificación de “quilombola” por parte del gobierno de Brasil. Esto dio a sus habitantes la propiedad de la tierra, una lucha constante para los descendientes de esclavos fugitivos, y abrió las puertas para proyectos sociales dirigidos a los residentes.

Hasta entonces, los Negros Felicianos del Alto vivían casi olvidados por la sociedad. Ahora, poco a poco, buscan los mismos objetivos propuestos por las Naciones Unidas para la Década de los Afrodescendientes (2015-2024): reconocimiento, justicia, desarrollo y fin de la discriminación.

Moda afro

Desarrollo, en particular, es un tema que moviliza a los quilombolas de esta zona del noreste brasileño. Casi la totalidad de las 80 familias de la comunidad rural son apoyadas por programas de transferencia de efectivo (como Bolsa Familia), pero los aldeanos quieren más.

Además de lo que aportan esos programas gubernamentales, ellos viven con lo poco que ganan con la agricultura y las artesanías. “Bolsa Familia es un incentivo importante, pero no tiene el peso de un empleo, que te da una autoestima especial,” dice la artesana Maria Joseília da Silva, de 34 años.

Da Silva se entusiasma al hablar de los proyectos que van a implementarse allí: una pequeña planta de lencería y una marca de moda y artesanía con identidad africana, ambas ideas de las “quilombolas”. Las inversiones que harán todo eso posible vienen de la iniciativa Río Grande do Norte Sostenible, financiada por el Banco Mundial y el gobierno de Rio Grande do Norte.

“El proyecto da prioridad a grupos vulnerables y las comunidades tradicionales, tales como afrodescendientes, indígenas, mujeres y jóvenes, favoreciendo los recursos y la asistencia técnica necesaria para actividades productivas,” dice la gestora del proyecto, Fátima Amazonas, del Banco Mundial.

El proyecto beneficiará a 1 millón de personas hasta el 2019. Entre ellos, los residentes de 27 “quilombos” en todo el estado.

Grandes sueños

En todo el Brasil, más de 2.600 comunidades ya están certificadas como “quilombolas”, según el gobierno federal. Muchas otras se auto declaran como remanentes de los asentamientos de esclavos fugitivos durante la colonia.

Oficiales o no, tienen dos rasgos comunes. Uno de ellos es la riqueza cultural, con manifestaciones de danza como “capoeira”, “maculelê” y el baile en honor a San Gonzalo, que representa uno de los momentos más emocionantes de la visita a los Negros Felicianos del Alto. El segundo es la baja calidad de infraestructura y servicios públicos, consecuencia en parte del aislamiento de estas comunidades y de la manera en que Brasil ha lidiado históricamente con la población negra. El país fue el último en América en abolir la esclavitud, en 1888.

Casi 130 años más tarde, los afrodescendientes constituyen el 14.5% de los pobres y el 80% de los jóvenes asesinados. Asimismo las brasileñas negras tienen tres veces más probabilidad morir durante el parto.

Otro tema importante es que Brasil tiene un 50% de mestizos y negros, aunque muchos todavía se resisten a auto identificarse como tal, incluso en comunidades como Negros Felicianos del Alto. “Las personas tenían miedo de llamarse afrodescendientes debido a los prejuicios. No hace mucho, aquí todo el mundo se decía ‘moreno’ o ‘marrón’,” recuerda el productor cultural Aércio de Lima, para quien el auto-reconocimiento es un paso en la conquista de sueños mucho más grandes.

EL PAIS

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