img_1429256934_b918306e136cd3e294f2Verse parado frente a un camino tan imponente que ahora tiene una trágica historia para contar, hace de pronto sentir una fuerte opresión en el pecho, sentir como el sudor empapa las manos mientras pasas una espesa selva en donde tu voz y tus gritos se pierden.
Rápidas palpitaciones agitan el corazón al imaginar la trágica escena, los momentos de angustia que acabaron con la vida de María Fernanda Vargas Sánchez, una alegre joven de sólo 13 años.
Dicen los vecinos que no era raro verla por ahí, pues muy seguido pasaba por esa tenebrosa vereda para ayudar a su madre, saludando amablemente a aquel que le sonriera o le dirigiera la palabra.
Fueron 300 metros los que se convirtieron en una trampa mortal, mismos que a diario son transitados por mujeres, niñas y niños, que se aventuran, sin pensar en los peligros que ahí existen.
Vecinos y conocidos relatan que cada dos o tres días, antes de arreglarse para ir al colegio María Fernanda caminaba de su casa ubicada en la Región 251, manzana 11, lote 5, edificio Q, hacia el camino de terracería que conecta al fraccionamiento Paseos del Mar con la colonia Cuna Maya, para llegar a una tienda donde vendían lo necesario para preparar tamales.
Aunque alrededor de su domicilio existen cinco tiendas de abarrotes y dos cervecentros, ahí era prácticamente imposible encontrar las hojas de maíz, por lo que sin temor se aventuraba a los 300 metros del solitario camino rodeado de piedras, grandes árboles y pequeños cenotes, para llegar a la peligrosa colonia y comprar el indispensable envoltorio.
Sonriendo, María Fernanda recorrió sola el sinuoso trayecto por más de dos meses, tardaba de entre 10 y 20 minutos en el trayecto, en los cuales hizo amigos y saludó a decenas de personas, pues a decir de sus conocidos, siempre tenía algo que contar a quien le ofreciera un gesto amable.
Quienes la conocían más, muchas veces le recomendaron ya no pasar sola por el lugar, pues ahí siempre se juntaban los drogadictos y trabajadores que salían tarde la construcción, además de que sabían que por la zona se escondía un peligroso sujeto, el cual acosaba a las mujeres que se atrevían a cruzar por ahí.
Incluso, quienes veían a la joven pensaron en hablar con sus padres para pedirles tener más cuidado, pero afirmaron que la audaz adolescente aseguraba que no tenía miedo, pues el recorrido lo hacía rápido para cruzar a tiempo y preparar las cosas para la escuela.
Ver lo que hay delante o detrás de una persona que camina por ahí, es poco probable, los pronunciados columpios en las rocas provocan que los transeúntes de pronto desaparezcan, por lo que lo único que se ve a lo lejos son postes “graffiteados”, maleza y todo tipo de basura, incluso hasta condones rotos, botellas de licor y ropa.
Es casi imposible llegar a imaginar que la inocencia de una adolescente fue arrancada de esa manera en un par de minutos, es por esta razón, que al andar por esta brecha es inevitable ignorar la cruel imagen, la cual enseña la última caminata de una joven que tenía una vida por delante.
La tensión entre los vecinos es cada vez peor, pues ahora confirman que la zona no es segura, que cualquiera está en riesgo y que la vida de un joven es tan vulnerable que un sólo descuido puede arrebatar la felicidad de una familia.
Para muchos ciudadanos que habitan en los fraccionamientos ubicados en la periferia de la ciudad es muy normal trasladarse por veredas solitarias, arriesgar la vida a plena luz del día o de noche para llegar hasta sus domicilios, sin pensar que en una de estas caminatas todo podría cambiar.

POR ESTO

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