Probablemente nada lastre más el ánimo cotidiano que la inseguridad. En medio de todos los problemas que nos aquejan como país, tener la conciencia de que, en cualquier momento, cuando salimos a la calle o, incluso, dentro de nuestras propias casas, existe una posibilidad latente de que nos asalten o nos agredan se convierte en una idea que, no por cotidiana, resulta menos grave: aunque no nos haya tocado ser víctimas, ya hemos perdido buena parte de nuestra tranquilidad.

En las semanas pasadas se publicó un mapa en el que se marcaban las inmediaciones de varias estaciones del Metro relacionadas con un mayor número de secuestros a mujeres. Las historias comenzaron a fluir. Ya hay cuadros comparativos, perfiles que señalan ciertas características de las víctimas potenciales. También, una campaña que les ofrece ciertas certezas a quienes perciben algún peligro: darle la mano a alguien, entrar a un comercio para resguardarse. Lo cierto es que estamos mal por donde se le vea.

Un buen amigo escritor que vive en otro país de pronto se encontró frente a una gran propuesta laboral en la Ciudad de México. No sólo le significaría dejar un trabajo que lo tiene harto y que le consume demasiado, sino que podría dedicarse mucho más tiempo del habitual a escribir, y vaya que lo hace bien. Ante el entusiasmo, la desilusión vino pronto: tiene dos hijas pequeñas y en este país se las roban, me comentó apesadumbrado.

Las historias se replican por doquier. La señora que nos ayuda en casa me contó que hace unos días, saliendo de la tienda que está cerca de su casa, se llevaron a una chica que iba con dos amigas. Cada vez hay más personas que conocen a una desaparecida, que presenciaron un acto de violencia, que fueron testigos de un secuestro o un intento de secuestro.

No existe un solo argumento que pueda validar las agresiones. Ninguno. Tomar a una persona, secuestrarla, llevársela sin la intención de pedir rescate (para agravar el asunto), es un acto que no sólo la lesiona a ella, a su familia, a sus seres queridos. Nos lesiona a todos como sociedad. El miedo es una nube que, conforme baja a la superficie y se extiende por todos los resquicios, lo contamina todo. Arrasa a la esperanza misma.

No es tiempo de culpar a este Gobierno ni a los anteriores. Sabemos bien que la culpa se relaciona con una impartición de justicia insuficiente, corrompida y casi inútil. Es tiempo, entonces, de exigir. De poco valen los grandes planes o las grandes promesas.Tampoco sirven los símbolos(da igual si se llega en un coche blanco y sencillo o en uno blindado, da igual si se hace una consulta popular, da igual cómo vuelen los mandatarios, da igual si son ricos o son pobres). Es imperativo que la tranquilidad vuelva a las calles, a los pueblos, a todo el territorio nacional. Para eso se necesita mano dura contra los criminales.

Mientras eso no suceda, seguiremos escuchando historias de terror y respiraremos con aliviada indignación al enterarnos de que una mujer consiguió escapar. También nos bloquearemos, intentando no imaginar el infierno que aguardaba a quienes no corrieron con esa suerte. De ahí que festeje cada intento y propuesta de la sociedad civil para brindar más protección a las mujeres. Sin embargo, es un festejo cruel, pues celebra algo que no debería necesitarse.

El problema es tan claro como la exigencia: ya es tiempo de que el Gobierno dé un golpe sobre la mesa y que comience a ejercer una de sus funciones principales: protegernos. Proteger a las mujeres en concreto porque, protegiéndolas, nos protege a todos.

Fuente: sinembargo

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