El psiquiatra británico Edward Bullmore apunta en un polémico libro que no estábamos enfocando bien el problema, que la depresión es en realidad un problema inflamatorio. Y que «estamos al borde de una revolución».

En 1989, un médico en prácticas llamado Edward Bullmore trató a una mujer de casi 60 años que sufría hinchazón en las articulaciones. La señora ‘P’ tenía una enfermedad del sistema inmunológico. Este se había revuelto contra el propio organismo, provocando inflamación en sus tobillos y muñecas. El doctor Bullmore hizo las preguntas de rutina y diagnosticó una artritis reumatoide. La señora ‘P’ añadió que se sentía hundida, sin ganas de vivir. Por las noches no pegaba ojo y…

Bullmore efectuó otro diagnóstico. «Tiene una depresión», indicó a su superior en el hospital.

«¿Que está deprimida?», dijo el otro. «Bueno, en su caso tú también lo estarías, ¿no te parece?».

Los dos médicos tenían claro que la mujer sufría una dolencia inflamatoria y también que la señora ‘P’ tenía una depresión.

Bullmore afirma que la depresión se trata ‘a ciegas’. “Se recetan medicamentos para la serotonina, pero no existe un biomarcador que determine que ese sea el problema”

Una cuarta parte de la población del mundo desarrollado sufre depresión. Pero ¿cómo se explica que centenares de millones de personas que viven con mayor seguridad, están mejor alimentadas y gozan de mayor bienestar material que cualquier otra generación en la historia de pronto pierdan las ganas de vivir?

Hoy, Ed Bullmore tiene 57 años y es profesor de Psiquiatría en la Universidad de Cambridge. Sentado en su despacho se dispone a contarme unas cuantas cosas extraordinarias. Por ejemplo: que la depresión de la señora ‘P’ seguramente estaba causada por la propia inflamación en las articulaciones. Es el tema de su nuevo libro, The inflamed mind (‘La mente inflamada’).

Preguntas sin respuesta

Bullmore afirma que la inflamación causa depresión. Y que el estrés causa inflamación. Y que el mundo moderno está lleno de cosas que nos provocan estrés. Somos el producto de unos genes antiquísimos, muchos de los cuales tenían la función de ayudarnos a sobrevivir en la sabana africana hace decenas de miles de años. Pero por entonces no nos estresaba una hipoteca o una presentación con PowerPoint. Nos estresaban otras cosas, como resultar heridos en una pelea, por ejemplo. Por eso, cuando te sientes estresado, tu cuerpo se ve inundado por la inflamación. En preparación para salvarte la vida.

¿Y qué es lo que pasa en el mundo de hoy? Por lo general, la herida física no tiene lugar. Pero sí la hipoteca. Y los correos electrónicos.

Poco después de tratar a la señora ‘P’, Bullmore se especializó en psiquiatría. Un día, en 1990, trató a un paciente, el señor ‘Q’. Al igual que la señora ‘P’, se sentía apático, sin ganas de vivir. El joven doctor Bullmore le diagnosticó una depresión y sugirió unos medicamentos. «Me preguntó cómo funcionaban. Le expliqué que modificaban los niveles de serotonina en el cerebro, porque se suponía que había un desequilibrio en la serotonina, que el fármaco podría corregir. Y él entonces preguntó: ‘¿Por qué está tan seguro de que ese es mi problema?’. No supe qué responder, la verdad».
Así era el mundo de la psiquiatría en 1990. Un hombre tiene el ánimo por los suelos. El médico sentencia: «Depresión». Y le prescribe un medicamento del tipo ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina), a fin de incrementar el nivel de la serotonina en el cerebro. Pero el médico no tiene idea de si los niveles de serotonina del paciente son demasiado bajos. Tan solo lo supone.

En 2010, las farmacéuticas llegaron a una conclusión: no lograrían crear un antidepresivo mejor mediante la sola observación de cerebros con resonancias. “Fue un ‘shock’”

Tampoco tiene idea de si el fármaco va a funcionar o no. Funciona en algunos pacientes. A veces lo hace durante una temporada y luego deja de hacerlo. A veces hay efectos secundarios. Los ISRS pueden provocar que el paciente gane peso o pierda interés por el sexo. «Me di cuenta de que en realidad sabíamos muy poco sobre el porqué y el cómo de los tratamientos de esta clase».

Y a continuación hace otra afirmación sorprendente: «Continuamos sin tener una respuesta clara. Pero hay algo evidente: en casos de depresión o ansiedad, la prescripción de fármacos ISRS resulta discutible, porque el médico nunca puede estar seguro de que el paciente efectivamente tiene un problema de serotonina. Porque no existe un biomarcador».

En medicina, lo habitual es prescribir medicamentos en respuesta a biomarcadores. Por ejemplo, un médico puede diagnosticar una enfermedad inflamatoria tras el análisis de una muestra de sangre y, a continuación, decantarse por la prescripción de un esteroide para tratar la inflamación. Pero en las enfermedades mentales, a principios de los años noventa, se recetaban unos medicamentos que podían funcionar o no, en ausencia de respuesta a un biomarcador. Todavía es más asombroso que hoy sigan recetándose. Han pasado casi 30 años y las cosas no han cambiado mucho.

Resonancias insuficientes

Se calcula que ahora mismo el 10 por ciento de todos nosotros sufre de depresión. Es más frecuente en las mujeres, pero ocasiona mayor número de suicidios entre los hombres. Hay un componente genético; si alguno de tus familiares directos ha tenido depresión, es más probable que tú también vayas a tenerla. Las personas siempre están deprimidas por una razón… o por unas cuantas razones. Pero muchas veces resulta imposible establecer cuáles son dichas razones. Durante mucho tiempo ha dado la impresión de que la depresión es un gran misterio irresoluble.

Bullmore lleva años estudiando los cerebros de personas vivas por medio de resonancias magnéticas. Ha tratado de determinar qué es lo que sucede en los cerebros de los deprimidos con la esperanza de encontrar un tratamiento más efectivo que los ISRS. No es de extrañar que GlaxoSmithKline estuviera interesada en el proyecto e invirtiese millones de euros en él.

Bullmore me cuenta el problema que se da con las resonancias magnéticas del cerebro. «Resulta que lo más pequeño que podemos ver es de un milímetro cúbico. Y resulta que en su interior hay unas 100.000 neuronas». En otras palabras, si queremos saber qué es lo que de verdad sucede en el interior del cerebro, vamos a tener que esperar hasta la invención de un escáner miles de veces más potente que los actuales. No voy a vivir lo suficiente para verlo», concluye Bullmore.

Cada cerebro tiene unos 100.000 millones de neuronas. Cada uno de tus pensamientos es el resultado de la conexión entre decenas de millares de esas neuronas. ¿Y cómo se produce esa conexión? Entre ellas circulan unas corrientes eléctricas, con el concurso de unas proteínas llamadas ‘neurotransmisores’. Tenemos unos 100 neurotransmisores diferentes. Pensemos en una orquesta con 100 instrumentos. La serotonina es uno de los neurotransmisores en este conjunto de 100. Es un neurotransmisor importante, como un violín en una orquesta. Pero no pasa de ser un solo instrumento.

Hacia 2010, las grandes compañías farmacéuticas llegaron a la misma conclusión: no conseguirían crear un medicamento antidepresivo significativamente mejor mediante la simple observación de cerebros humanos en funcionamiento. Cuando menos, no iban a vivir lo suficiente para verlo.

Probar algo distinto

La noticia «fue todo un shock». La industria farmacéutica se encontraba ante un callejón sin salida. Bullmore estima que la industria en su conjunto ha invertido unos 5000 millones de euros en la investigación de trastornos psiquiátricos y del estado de ánimo.

«El mundo no puede seguir esperando una solución a los trastornos mentales de forma indefinida», dice. Según explica, en la industria habían llegado a la conclusión de que hay que probar con algo distinto.

Y Bullmore comenzó a pensar en la inmunología. Advirtió que un puñado de científicos había establecido vínculos entre la inflamación y la depresión. «El conjunto de datos iba en aumento y hacía que la hipótesis fuera plausible», dice. El problema con el estudio de los neurotransmisores era que no podías observarlos en funcionamiento. Pero los componentes del sistema inmunológico son de medición mucho más sencilla. Es posible hallar biomarcadores. Y, en los últimos tiempos, los científicos han estado investigando la faceta negativa del sistema inmunológico. Una faceta nociva que tiene relación con numerosas enfermedades. la esclerosis múltiple, el alzhéimer y bastantes tipos de cáncer.

En las muestras de sangre de individuos deprimidos hay mayores índices de inflamación. Y las personas a las que inyectan inflamatorios acaban deprimiéndose

¿Es posible que exista una relación causal entre el sistema inmunológico y la depresión? Esto es lo que Bullmore ya ha encontrado: si extraes muestras de sangre a personas deprimidas, encuentras mayores niveles de inflamación que en las muestras tomadas a individuos no deprimidos.

Pero esto no demuestra que la inflamación provoque depresión. Si quieres demostrarlo, tienes que recurrir a las ratas. Las ratas inoculadas con citocinas (unas proteínas que regulan la inflamación) se vuelven apáticas. Parecen perder las ganas de vivir. Se comportan exactamente igual que las personas con depresión. Pero estamos hablando de ratas, claro. ¿Qué es lo que pasa con los seres humanos? El hecho es que un porcentaje significativo de personas que han sido vacunadas -contra la tuberculosis, por ejemplo- afirman sentirse bajas de ánimo después de la inyección. Primero tiene lugar la vacunación, que genera una respuesta inflamatoria. Después llega el bajón anímico. Y casi todas las personas tratadas de la hepatitis B con interferón, sustancia que inunda el cuerpo de inflamación, aseguran sentirse deprimidas después. Unos estudios muy recientes sobre el ADN también indican que muchos genes extendidos entre los individuos deprimidos «resultan ser genes vinculados a la función inmunológica».

¿Todo esto nos acerca en algo a la resolución del misterio? Quizá si empezamos a examinar el problema considerando que no hay una separación tan nítida entre la mente y el cuerpo estemos en camino de obtener la ayuda que precisamos. «Es posible que nos encontremos al borde de una revolución -escribe Bullmore-. Puedo estar equivocado. Pero diría que ya ha comenzado».

El estudio que corrobora la nueva teoría

Un estudio realizado a principios de este año por el Centro para la Adicción y la Salud Mental (CAMH), en Toronto -Canadá-, constató que la cantidad de inflamación cerebral en personas que estaban experimentando depresión clínica se incrementó en un 30 por ciento. «Estudios anteriores habían examinado los marcadores de inflamación en la sangre, pero esta es la primera evidencia definitiva encontrada en el cerebro», dice el autor principal, el doctor Jeffrey Meyer.

Aunque el proceso de inflamación es una forma en la que el cerebro se protege, similar a la inflamación de un esguince de tobillo, demasiada inflamación puede resultar perjudicial. Cada vez más estudios sugieren que la inflamación desempeña un papel determinante en la generación de los síntomas de un episodio depresivo, pero lo que antes no estaba claro era si la inflamación tenía un rol en la depresión clínica independiente de cualquier otra enfermedad física. «El tratamiento de la depresión con antiinflamatorios es una vía de la futura investigación», asegura Meyer.

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